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Homeland vs. Obama

Federico Gaon
Licenciado en Relaciones Internacionales

Especializado en Medio Oriente. Docente y columnista. www.federicogaon.com

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Vie, 18-12-2015
En 2012 Barack Obama señaló a Homeland como su serie favorita. No obstante, esta quinta temporada estrenada en octubre podría contener una crítica muy fuerte a su administración. De hecho podría ser la temporada más política de todas, acaso signando el desagrado de los productores con el presidente estadounidense.

En octubre de este año se estrenó la quinta temporada de Homeland, que ya por su final, está a un par de capítulos de terminar. Producida por la FOX para la cadena Showtime, y transmitida en América Latina por el canal FX, Homeland es considerada la heredera de 24, la icónica serie de los 2000 que retrataba, en tiempo real, la inagotable lucha de un agente estadounidense contra el terrorismo internacional. Tal es así que la serie, una de las más populares del momento, es producida por Howard Gordon, el showrunner de 24. Además, siendo que Homeland se basa en la exitosa serie israelí Hatufim (“Prisioneros de Guerra”), cuenta con la participación del creador de la misma, Gideon Raff. Ambos creativos también han colaborado en Tyrant, otra serie vinculada con Medio Oriente, con un mensaje político contemporáneo. 

Homeland, como tantas otras series, es desde luego producto de su tiempo. Es conocida por abarcar el fenómeno del terrorismo, el rol de las agencias de seguridad, el programa nuclear iraní, y más recientemente, el doble juego de Pakistán en la lucha contra el extremismo islámico. Sin embargo, la última temporada podría ser la más realista de todas. Como evidencia la presentación de esta misma, la serie toca el tema de la guerra en Siria, la cuestión de los refugiados sirios, el Estado Islámico (ISIS), la trama de espionaje intergubernamental, como así el escándalo desatado a partir de su mediatización de la mano de Edward Snowden. 

En 2012 Barack Obama señaló a Homeland como su serie favorita, y no obstante, si se presta atención, esta temporada podría contener una crítica muy fuerte a su administración. De hecho podría ser la temporada más política de todas, acaso signando el desagrado de los productores con el presidente estadounidense, por lo que – entretenimiento aparte – vale prestarle especial atención. 

Homeland centra su argumento en el afán de Carrie Mathison (Claire Danes), una agente de la CIA con un trastorno bipolar, por evitar que se produzcan más atentados en Estados Unidos. Carrie, que siempre termina teniendo razón, se pelea a lo largo de las sucesivas etapas de la serie con sus superiores. Gracias a su condición, sus colegas, si bien la respetan, dudan de ella, y le reprenden por irse por las ramas, o salirse con hipótesis descabelladas. En este sentido, Carrie Mathison es la heroína menos convencional de la televisión, y más de uno encontrará irritables sus recurrentes colapsos emocionales. Paradójicamente, suele descifrar lo que realmente está pasando, y quienes son los “malos”, cuando está alterada. Cuanto menos centrada esté, mejor resulta su rendimiento. Al ser la suya un alma sensible, Mathison es un personaje atormentado por constantes disyuntivas y dilemas. 

Cansada de la vida vertiginosa y sacrificada que le exigía la CIA, en la última temporada Mathison decide pasarse al sector privado, donde trabaja en Berlín para Otto Düring (Sebastian Koch), un importante industrialista y filántropo alemán. La acción comienza en torno a la divulgación de documentos secretos de la CIA, difundidos por unos aficionados al estilo WikiLeaks. Pero resulta que la periodista que se ocupa de dar trascendencia mediática a estos cables, Laura Sutton (Sarah Sokolovic), trabaja con el patrocinio de Düring, el jefe de Mathison. Con esta premisa, la protagonista se enfrentará nuevamente a otra dualidad, entre sus tradicionales lealtades en la inteligencia estadounidense, y su lealtad hacia su nuevo benefactor. Sin spoilearle o arruinarle lo que pasa a nadie, se puede decir que Carrie pronto entra en un curso de colisión con sus allegados. Por un lado, tendrá que lidiar con Saul Berenson (Mandy Patinkin), su viejo amigo y padrino en la CIA, decepcionado por el rumbo de su protegida. Por otro, tendrá que tratar con Düring y con Sutton, fieles creyentes que la información debería ser pública, como Julian Assange y Edward Snowden en la vida real. Luego, contra todo pronóstico, deberá balancear su acelerada vida profesional con su rol como madre, arriesgando no solo a su hija, sino también su relación con su (nueva) pareja (Alexander Fehling). 

A partir de allí se desarrolla una trama reminiscente a un thriller de espías. Entrarán en escena los yihadistas del Estado Islámico (ISIS), los agentes rusos de la SVR (la heredera de la KGB), la inteligencia alemana – la BND, el Mossad israelí; y, como siempre sucede en el género, habrá un “topo”, un agente encubierto que trabaja para el bando equivocado. Considerando que todo el embrollo se despliega a partir de que información confidencial de la CIA es extraída, y, consecuentemente, puesta al servicio de intereses peligrosos, la obra de ficción refleja muchas de las preocupaciones de las agencias de inteligencia del mundo real. En efecto, en la serie primero se muestra la opinión de los oficiales que imprecan a los activistas de la caña de Assange y Snowden por poner en riesgo la seguridad de Alemania y Estados Unidos. Después, comenzando por el propio Düring, están aquellos que creen que los servicios de inteligencia son demasiado poderosos, y violan sistemáticamente la privacidad de los ciudadanos.

Varias escenas dan cuenta de esta controversia, pero quisiera ilustrar el punto con una de ellas. Siendo interrogada por una agente de la BND (Nina Hoss), Laura Sutton exclama: “Están como la mierda porque rompieron sus propias leyes”. La agente, llamada Astrid, contesta: “Setecientos ciudadanos alemanes han ido a Siria para pelear por el ISIS. Lo que hagan afuera no es lo que nos asusta. Es lo que hagan cuando vuelvan. Los estábamos siguiendo, hicimos algunos arrestos, truncando algunos complots, pero ahora esos que arrestamos deben ser liberados. Aquellos que seguíamos se perdieron. ¡Desaparecieron! ¿Cómo te sentirás cuando las bombas empiecen a estallar en Berlín, París, Bruselas? ¿Eso querés?”

Desde esta primera perspectiva, la serie trata de ingenuos a quienes, como el personaje de Sutton, no saben lo complicado que es el mundo, y lo difícil que es protegerlo del terrorismo. En otra escena remarcable, los guionistas también expresan una crítica contra los líderes europeos, que bien acomodados desde lo alto de sus castillos, equivocan en su análisis del terrorismo. Para ello se sirven de Saul Berenson y Otto Düring. El funcionario estadounidense le echa en cara al industrial alemán que su fundación ha donado decenas de millones de dólares a organizaciones benéficas musulmanas por toda Europa. Procede: “No necesito decirle que hay muchos puntos en los que las causas sociales y terroristas no pueden sino converger”. Düring responde: “No en nuestro caso, nosotros justificamos cada centavo. Me ocupo personalmente de ello”. Saul arremete: “Quizás no considere a Hezbolá una organización terrorista”. A continuación, el alemán hace una distinción entre “terrorismo y rebelión legítima” y establece que “nada ha hecho al mundo más peligroso en los últimos quince años que la política exterior de los Estados Unidos”. 

La crítica más fuerte se la lleva sin embargo Obama. En esta temporada vuelve a hacer aparición Peter Quinn (Rupert Friend), el agente de élite de la CIA colaborador de Mathison. En el primer episodio de la temporada se explica que Quinn regresó de un operativo encubierto en Raqa, Siria, el bastión del Estado Islámico. En reunión con sus superiores y altos directivos, Quinn establece que ha liderado un equipo durante 28 meses, llevando a cabo operaciones quirúrgicas para las fuerzas armadas estadounidenses.

Un oficial le consulta acerca del progreso, expresando preocupación porque Al-Asad sigue en el poder, y el ISIS sigue creciendo. Le pregunta a Quinn: “¿Estamos llegando a algún lado en Siria? ¿Está funcionando nuestra estrategia?” Quinn, haciéndose eco de la opinión de más de un analista del mundo real, contesta lo siguiente: “¿Qué estrategia? Dígame de que estrategia estamos hablando y le diré si funciona…Verán, ahí está el problema, porque ellos sí tienen una estrategia. Ahora mismo en Raqa están reuniendo a decenas de miles de personas, escondidas entre la población civil. Preparando sus armas; y saben exactamente por qué están ahí. Lo llaman el final de los tiempos. ¿Qué creen que motiva las decapitaciones? ¿Las crucifixiones en Deir Hafer? ¿El renacimiento de la esclavitud? ¿Creen que podrían inventarse esa mierda? ¡Todo está en el libro! ¡Su puto libro! El único libro que leen; y lo leen todo el tiempo, y nunca lo dejan. Están ahí por una razón y una razón solamente. Para morir por el califato, y guiarnos a un mundo sin infieles. Esa es su estrategia, y ha sido así desde el siglo VII. De modo que, ¿realmente piensan que unos cuantos equipos de fuerzas especiales van a poder cambiar eso?”

El mismo oficial le pregunta qué puede hacerse entonces. Quinn opina: “Poner a 200.000 tropas norteamericanas sobre el terreno indefinidamente, para proveer seguridad y apoyo a un número igual de médicos y maestros”. El oficial le hace notar que eso no va a pasar. Quinn dice entonces: “Apretemos reinicio. Destrocemos Raqa y convirtámosla en un estacionamiento”.  

Estos diálogos manifiestan la relevancia del programa. Se sustentan en las complejidades de la política internacional, haciendo que la trama sea más interesante y atrapante, invitando a una reflexión. Por lo pronto, escenas como las descriptas recién también contribuyen a que de momentos uno se olvide de que se trata de una obra de ficción. A mi criterio, esto convierte a la quinta temporada de Homeland en la más audaz hasta la fecha. 

Dejando de lado la coyuntura política, la temporada también se destaca por romper con el tradicional fondo de Washington o Los Angeles. Toda la temporada está filmada en Berlín, y cuenta con la participación de luminarias del cine alemán, incluyendo a Nina Hoss, Alexander Fehling y a Sebastian Koch, el Ricardo Darín del Rin. También se destaca el ucraniano-israelí Mark Ivanir, un actor multifacético que en esta oportunidad personifica a un agente del SVR ruso. 

Sin más, sea por la contemporaneidad de su argumento, su acento alemán, o las ocurrencias de la enigmática Carrie Mathison, la quinta temporada de Homeland promete no defraudar a sus seguidores. 

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