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Hay que revisar la feria judicial

Marcelo Gobbi
Abogado (UCA)

Secretario del Comité Ejecutivo de Fores, Foro de Estudios sobre la Administración de Justicia.

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Jue, 12-01-2017
Durante la feria judicial, los tribunales nacionales se ocupan solamente de asuntos urgentes. Y en esos casos excepcionales, no interviene el juez natural del asunto sino otro que queda de turno, que hace lo que humanamente puede al resolver una cuestión rápido. No solamente se pierde tiempo sino, inevitablemente, calidad. El servicio de justicia es tan esencial como la salud y los transportes, y a nadie se le ocurre que los hospitales o los aeropuertos paren durante un mes y medio cada año.

Para demostrar que a veces la manera en que nos hacemos las preguntas condiciona nuestras respuestas, Umberto Eco recuerda en “De la estupidez a la locura” aquella broma sobre el diálogo entre un dominico y un jesuita que compartían sus ejercicios espirituales. Cuando el dominico preguntó a su compañero de oración cómo era posible que estuviera fumando en ese momento tan especial, el jesuita le dijo que había obtenido para eso la autorización de su superior. El dominico contó que a él le habían negado el permiso para fumar mientras rezaba. El jesuita le dijo que él, en cambio, había preguntado si es bueno rezar mientras uno fuma, a lo que el superior contestó que todo momento es bueno para comunicarse con Dios.

De modo similar, probablemente lo más provechoso no sea preguntarnos por qué eliminar la feria judicial sino qué razones justifican mantenerla.

Los tribunales nacionales solamente se ocupan de asuntos urgentes durante las ferias, que duran todo enero y la mitad de julio de cada año. En esos casos excepcionales no interviene el juez natural del asunto sino otro que queda de turno, que hace lo que humanamente puede al resolver una cuestión de manera urgente y que, además, si debe intervenir en un asunto que ya viene tramitando en otro juzgado, desconoce sus antecedentes. Entonces no solamente se pierde tiempo sino, inevitablemente, calidad.

Los abogados saben que además de la feria oficial existe una suerte de cuasiferia virtual, que empieza unos días antes del inicio del cese oficial y finaliza, inercialmente, un poco después de la reanudación de la actividad. Durante ese lapso también suele darse prioridad a temas urgentes y se posterga la gestión de lo que no lo son. Como escuché decir a un abogado, “después del quince de diciembre solamente se sacan cheques.” El sistema opera con capacidad reducida, entonces, durante una sexta parte del año.

La feria no existe en los Estados Unidos ni en Bolivia, y es de mucha menor duración en los pocos países que la mantienen. Al igual que el horario ineficiente, persiste por inercia y, comprensiblemente, porque es algo beneficioso para muchos empleados judiciales que tienen organizada su vida familiar en función de ese régimen, lo que tal vez justifique cierta gradualidad en los cambios. No hace falta explicar que el servicio de justicia es tan esencial como  la salud y los transportes, y que a nadie se le ocurre que los hospitales o los aeropuertos paren durante un mes y medio cada año.

Fores señaló en 2006 que en sólo una semana de feria judicial se desperdicia medio millón de horas-persona a razón de seis diarias. Esto equivale a 420 empleados más que trabajaran todo el año.

Ya en 1994 un trabajo de Arthur Andersen había demostrado la ineficiencia en el aprovechamiento del recurso tiempo en el servicio de justicia. Desde un horario irracional que no se cumple del todo, sea porque muchos empleados comienzan a trabajar más tarde o, al revés, porque trabajan en exceso de lo debido (otra señal de ineficiencia, pues ninguna organización es viable gracias al heroísmo de algunos) y que se mantiene por la hipócrita razón de permitir el doble empleo que los judiciales tienen prohibido, sea por la injusta circunstancia de que un estudiante apenas ingresado al Poder Judicial tiene las mismas vacaciones que un funcionario de larga carrera, hasta la parálisis durante casi una sexta parte del año, lo cierto es que no debe tratarse de un tema tabú, de esos que da miedo discutir de manera franca y completa como corresponde hacer en una democracia.

Por supuesto, nadie plantea que los empleados judiciales disminuyan sus vacaciones ni que vean afectadas sus conquistas. Cualquier organización de servicios otorga vacaciones a su personal. Solamente es cuestión de organizarse y de pensar que además de los funcionarios judiciales y los abogados están los contribuyentes y todos los ciudadanos de cuyos problemas se trata, a los que hay que escuchar también y de manera preferente.

La oportunidad es propicia. Aunque nos parezca demasiado lejano, a un servicio de justicia que se caracteriza por procesar información acumulada en expedientes que la gente concurre diariamente a alimentar con papeles le queda poco tiempo de vida. Podrá haber resistencias de todo tipo, pero no se puede tapar el sol con la mano ni parece posible que la justicia permanezca como una reliquia operando de manera distinta del resto de los servicios privados y públicos (los contribuyentes interactúan a veces con mucha intensidad con la AFIP y rara vez visitan la agencia en que están inscriptos). La revolución digital tiene sentido si la información y los servicios están disponibles en todo momento y desde cualquier lugar. Ningún empleado judicial toleraría hoy la necesidad de esperar hasta las diez de la mañana del lunes para conocer el saldo de su cuenta bancaria. Y los empleados del banco también tienen horarios y vacaciones.

Fores expresó en su Agenda Anotada para la Justicia Argentina 2020 que “Una justicia verdaderamente orientada al ciudadano debería tener continuidad real en sus prestaciones a lo largo de todo el año, eliminando las anacrónicas ferias judiciales que no existen prácticamente en ningún otro país, y redefiniendo los horarios de trabajo y de atención al público.”

No es infrecuente escuchar un cierto resignado pragmatismo según el cual no tendría demasiada utilidad preocuparse por unos meses más o menos si, de todos modos, los juicios duran muchos años. Además de que mantener una ineficiencia porque existe otra más grave es garantía de que no se solucione ninguno de los dos problemas, que van a interactuar siempre como un círculo vicioso, tiendo a pensar exactamente al revés. Empecé con un cuento y finalizo con otro: un emperador ordenó a su jardinero plantar determinado árbol, y al día siguiente le reprochó no haber cumplido con la tarea; cuando el jardinero se defendió diciendo que la demora no tenía ninguna importancia porque ese árbol tardaría cien años en dar sus primeros frutos, el emperador contestó: “Con mayor razón entonces había urgencia en plantarlo ayer y no hoy”.

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