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Hacia un federalismo de concertación

Gonzalo Gabriel Carranza
Magister en Derecho Constitucional (CEPC-España)

Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid

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Lun, 19-09-2016
La reforma de 1994 buscaba limitar el presidencialismo y fortalecer la estructura federal. No se logró ni lo uno, ni lo otro. El centro del poder nunca estuvo en las relaciones entre el Estado federal y los demás entes territoriales, sino sobre la cabeza del sistema. Hoy se están cimentando las bases para una reforma que transforme el federalismo ejecutivo en un federalismo de concertación.

1994 será recordado por todos los argentinos como un año histórico. La reforma a la Constitución de 1853 fue un hito que es pasado y presente ya que hoy, a más de veinte años de vigencia de la modificada Carta Magna, los desafíos siguen teniendo un aire de novedad.

Se podría decir que dos de los grandes propósitos que tenía la reforma se circunscribían a tratar de limitar, por un lado, el presidencialismo exacerbado y, por otro, a fortalecer la estructura federal del sistema de Estado. El diagrama normativo tendiente a lograr estos cambios fue basto y las numerosas modificaciones que se evidencian en la segunda parte del texto dan muestra de ello.

Como es sabido, las reformas formales muchas veces no encuentran su correlato en las reformas reales, y con estos dos institutos se aprecia un claro ejemplo: ni el presidencialismo se limitó, ni el federalismo se fortaleció.

El presidencialismo, lejos de encontrar un coto a su proceso de constante crecimiento, encontró aún un mayor caudal para su evolución, de la mano de instrumentos como los Decretos de Necesidad y Urgencia o la capacidad para hacer uso -y abuso- de los Aportes del Tesoro Nacional. 

El federalismo, por su parte, quiso despegar de la mano de los numerosos institutos que se habían modificado o creado en 1994 (como la reforma del Senado, las autonomías municipales, la regionalización, etc.), pero el presidencialismo logró limitar su altura de vuelo, y la distancia del terreno sólo fue rasante.

La conjunción de estas dos condiciones llevaron al país más austral del Planeta a un claro federalismo ejecutivo, en el que el centro del poder no pivota sobre las relaciones entre el Estado federal y los demás entes territoriales, sino sobre la cabeza del sistema que regula -con su accionar- las relaciones que se desarrollan dentro de la federación.

Fruto de las bondades del sistema republicano, la alternancia política ha tratado de paliar los efectos del proceso de hiper concentración del poder federal en manos de la cabeza del Ejecutivo, bregando -de alguna forma- por comenzar un proceso en el cual se trata de llegar (probablemente al mediano o largo plazo), a un cambio en la forma de gestionar el federalismo.

El entendimiento del sistema de distribución territorial del poder como un proceso con vivencia propia, lleva al entendimiento que existe un sistema político que va guiándolo conforme los cambios se van produciendo, esto es, conforme a la alternancia y asunción de los poderes gubernamentales.

Desde la asunción de Mauricio Macri como titular de la primera magistratura, el sistema federal argentino ha visto cómo la estructuración de su columna vertebral ha ido mutando y propiciando cambios que discurren en el tratar de pensar un paradigma distinto. Quizás sería pecar de adelantado decir que Argentina vive hoy un nuevo federalismo, pero sí es posible advertir que se están cimentando las bases para una reforma que no pasa tanto por lo normativo, sino más bien por lo práctico.

Las actitudes que se vislumbran en la forma de gobernar actual responden a la búsqueda de una limitación del federalismo ejecutivo y una transición a un federalismo de concertación y participación. Esto implica, ni más ni menos, que una limitación de la figura del Presidente como columna vertebral del sistema y un paso hacia la participación de los distintos actores que conforman el primer escalón de autonomía: los Gobernadores y el Jefe de Gobierno de la CABA.

El paso del monólogo al escenario con protagonismo compartido implica cuestiones que pueden establecerse inicialmente como informales, pero que poco a poco tienen que tender a la institucionalidad. Para una mayor precisión y comprensión, esto implica que las acciones que se pueden tener aisladamente comiencen a funcionar -paulatinamente- con estabilidad.

Uno de los desafíos esenciales que plantea este federalismo de concertación y participación reside en lograr allanar el camino para establecer un permanente sistema de diálogo a través de las mesas estables de encuentro entre quienes tienen en sus hombros las tareas de conducir la federación. 

Básicamente, el punto de partida para tratar de acordar cambios esenciales en el sistema federal, reside en fortalecer las reuniones periódicas entre el Presidente, los Gobernadores y el Jefe de Gobierno de la CABA, que permitan articular las disyuntivas, solventar los problemas y conducir los cambios. Esta reunión estable, a modo de "Conferencia de Presidentes" -como se la llama en otros federalismos comparados-, será el punto de inflexión para que el presunto inicio de nuevo paradigma se termine por constituir en tal.

Desde estas mesas, no sólo se puede negociar, sino también lograr hacer vivos algunos instrumentos que el sistema federal propicia, como lo son la solidaridad interterritorial y el desarrollo de los institutos de colaboración, cooperación y coordinación estatal. Estos expedientes del federalismo son los que hacen que la opción por este proceso sea válida y viva.

Es dable comprender que este tipo de encuentros no son fotos para las portadas de los periódicos, sino espacios de trabajo, de cesiones, de obtener ventajas o limitar el poder propio. Son espacios en los cuales se construye a través del disenso y el consenso, porque básicamente eso es una federación: una unidad en medio de la diversidad.

La inminencia de ciertos actos no debe quedar en lo aislado, sino transformarse en proceso. Ojalá el posible cambio de paradigma no sea un brindis al sol, sino más bien la semilla que se siembra y, pasado un tiempo, logra dar buenos frutos. 

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