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Francis Underwood en San Valentín

María Celeste Gigli Box
Politóloga. Especialista en open government.

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Jue, 13-02-2014
La construcción narrativa y cinematográfica que los autores de House of Cards hacen de Francis Underwood permite recuperar su matrimonio como un dispositivo fundamental de su vida personal y política.Claire es el único personaje crítico para Francis: tiene una potencia de destrucción completa sobre su marido y esto la convierte en factor determinante de su vida política. 

Para Carlos P. Tejedor

Luego de la lecciones que HOC puede darle a los legos de la política, comenzaremos aquí a hacer foco sobre los componentes fundamentales del escenario político que la serie nos presenta (es decir, no sólo referiremos a los personajes, sino también a las relaciones entre ellos). En lo que respecta a nuestro approach, apelaremos a suspender cualquier juicio o consideración moral o ética. Esto puede parecer realismo explícito, pero en realidad es una decisión operativa, casi metodológica: colocar la moral en epojé simplifica el tratamiento y permite que cada lector agregue a lo expuesto sus consideraciones éticas, haciendo de cada lectura un enfoque diferente y legítimo de las artes de Underwood.

La construcción narrativa y cinematográfica que los autores hacen de Francis nos permite abordarlo junto a Claire, recuperando su matrimonio como un dispositivo fundamental de la vida de Francis (personal y política). La decisión de abordarlos así se basa en dos consideraciones: 1) En este asunto, HOC y la práctica política real se condicen completamente (matrimonios que mantienen intereses comunes por fuera de lo romántico son altamente funcionales a la política); y 2) Claire es el único personaje crítico para Francis, por lo que no podemos permitirnos relegarla al lugar de la esposa guapa con conciencia social y una vida pública. Claire goza de una capacidad muy común en varias mujeres: una potencia de destrucción masiva sobre sus maridos (y el origen de esa capacidad reside en una potestad que ellos mismos le otorgaron al amarlas). Por carácter transitivo, esto la convierte en un factor determinante en la vida política de Francis.

Antes de desgranar a Underwood, tenemos que hacer un comentario general inevitable: la primera temporada de HOC no es un producto uniforme. La historia varía los tonos de sus componentes: inaugura en clave muy shakesperiana, presentando a Francis que parece sólo diferenciarse de Ricardo III por no estar contrahecho físicamente (la escena de apertura y la enunciación del amor a su mujer idéntico al de los tiburones por la sangre, son recursos de alto impacto narrativo que sirven para ‘plantar’ a un personaje en una posición determinada). Claire también abre su rol diferenciándose de Lady Macbeth sólo por sus ropajes: prueba de ello reside en prohibirle disculparse a su marido, incluso ante ella. Pero Tanto Francis como Claire evolucionan y van mostrando otras caras, emigrando tanto de las improntas que configuran gran parte de la narrativa anglosajona, como de la versión original de House of Cards (BBC, 1990). Las razones de la evolución pueden deberse a decisiones surgidas gracias al procedimiento más común que se utiliza con la mayoría de las series (se las somete a todo tipo de focus groups y mecanismos de evaluación cualitativos para ver el impacto del producto y recabar sugerencias de la recepción), como también puede deberse a las posibilidades que brindan a los autores poder narrar una historia en trece horas. Cualquiera fuere la razón, tenemos que referirnos a ello porque la reminiscencia shakespeareana en HOC tiene un límite más acotado que el que se le suele dar simplonamente por la crítica norteamericana. Citar las reminiscencias de Underwood a Ricardo III al realizar apartes al público, o regodearse en los parecidos de Dough Stamper con el Duque de Buckingham, nos hace quedamos en un plano bastante modesto de análisis: Ricardo no fue el único que quebró ‘el cuarto muro’ y habló al público, y los operadores políticos actuales han sido mostrados en la cinematografía y la literatura con una riqueza de la que Stamper también puede estar haciendo uso. En menos palabras, la conformidad con señalar las reminiscencias ricardianas en HOC parece más un acto de pereza que una labor de esclarecimiento por parte de la crítica.

Francis deviene en Frank.

Plantearemos ahora las características generales de Francis, cuando deviene en el Frank o Congressman Underwood, en la vida pública.

Partamos de algunos hechos: Frank es un hombre que no actúa en política espásticamente. Posee un estándard de vida acomodado, ha dedicado toda su vida a la política y conoce el manejo de las Cámaras y el CND (Comité Nacional Demócrata). Tiene una mujer que conoce su trabajo en política y lo alimenta con acciones humanitarias desde una caridad típica de buen demócrata. Ella ha avanzado en su carrera gracias al poder de su marido y comprende las noches fuera de casa siempre y cuando sean para recibir la mejor parte del trato. Todo esto nos dice que es un hombre establecido que puede elegir entre avanzar para incrementar su poder, o puede continuar con su vida de negociación diaria, de cabilderos, periodistas y contemplación de la fauna política. También tiene una tercera opción, más aburguesada: realizar el mismo trabajo y acercarse a las corporaciones y cabilderos para que mejoren su chequera. Pero todo nos indica que el juego que Frank moldeó por años es el de trabajar para sí mismo (ni siquiera se permitió distraerse en tener niños, como le confesó a un desvastado Peter Russo), donde ‘sí mismo’ alude al poder y no al dinero. Si comprendemos este posicionamiento de Francis ante la vida, tomaremos con más racionalidad todo lo que hace (esto no implica que lo aprobemos, solamente entenderemos con menos preconceptos su conducta). Aquí es donde Frank no se parece a Ricardo III ­su ansia de poder no está contaminada por falencias que no pertenecen a la política­, ni es Peter Russo ­una persona acechada por sus demonios en la vida cotidiana. Frank no saca de la bilis su ansia de poder. Por eso sobrevive. Por eso tiene una larga vida en los lares donde corre algo tan corrosivo como el poder.

Frank carece de obscenidad. Jamás ofrece plata (si no es por medio de terceros), mujeres o drogas. Coquetea con un vaso de whisky puro para doblegar a un Russo que puede poner atención en un precio tan bajo, pero sólo para actuar su poder (la única vez que lo vemos dar un tóxico en toda la temporada ­antes de ahogar a su protegido­, es sólo un trago a alguien ya emborrachado y con el fin de poder acabar con alguien que se tornó peligrosísimo para la carrera de Frank y todos los que están bajo su responsabilidad. Russo opta por actos de dignidad que no lo ordenan sino que lo exponen a convertirse en la comidilla mediática y el blanco de la vergüenza ajena de multitudes. Peter Russo sólo sirve desactivado, haciendo papelones no le sirve a nadie. A la larga, hasta los republicanos se cansarán de despedazarlo (deja de tener gracia patear a alguien que se arrastra, y tiene costos en la opinión pública hacerlo demasiado).

Frank sabe que todos tienen un precio (incluido él). Pero a diferencia del común de los mortales, conoce el sentido completo de esta idea. La mayoría de las personas sólo piensan en la versión incompleta de esta idea, y por eso se escandalizan en un arrebato de moralina, asegurando que ‘no hacen algo por la cantidad de dinero que fuere’. Un ‘precio’ en política (y en la vida) no refiere a dinero líquido necesariamente: refiere a la imposibilidad de afrontar un costo, no necesariamente monetario. Un precio en política puede constituirlo no querer que alguien dañe a un miembro de nuestra familia, por ejemplo. Eso es un precio. Y uno que muchos no queremos afrontar. Por eso, todos tenemos un precio, desde el momento que hay cosas que valoramos (materiales o no).

Curiosamente, las personas que no tienen precio son las verdaderamente peligrosas en esta vida.

Frank no sólo trabaja en política, se ha apropiado de las capacidades que la gimnasia de la política provee. Tiene la capacidad de reponerse a un golpe en segundos (como cuando le niegan la jefatura de estado). Tiene timing: sabe que si enfrenta un desacuerdo con el Presidente, tiene que salir inmediatamente de la oficina para no alargar la situación y se malogre el efecto. Cuando compromete a la egresada de Stanford no la deja negarse: le encarga el favor como personal y la deja para que se ponga a trabajar en su cumplimiento. Lejos de ser una pericia de las relaciones interpersonales cotidianas, es una medida que un buen político toma porque sabe que tiene efectos concretos. Un buen político sabe que la comunicación es por momentos la vía por donde corre el poder y por eso hay que esmerarse con ella.

Frank sabe que no se puede hacer comer polvo siempre a los demás... a veces lo come uno. El ejemplo obvio para esto lo tiene un Peter Russo escupiéndole que si lo derriba también se caerá él mismo. Pero este ejemplo nos obliga a algunas aclaraciones, porque encierra otras dimensiones. Para comenzar, sepamos que ejercer poder es, concretamente, hacer que otra/s persona/s hagan algo que no harían sin nuestra intervención. Dicho esto, veamos que Frank sabe que el poder es algo muy parecido a una ‘energía’ que corre entre las personas. Por lo tanto, es imposible que siempre se sea un efector neto sin sufrir sus consecuencias. Algunas veces, Underwood es el que lanza esa energía. Otras veces, es el que la cambia de sentido (la ‘volantea’ por así decirlo). Otras, es el carrier que permite a esa energía siga corriendo. Y algunas otras, es que traga todas sus consecuencias. Esto es inevitable. El poder funciona como un sistema termodinámico, y las cantidades de materia que están en un lado del sistema luego cambiarán a otra, donde casualmente podemos estar nosotros ubicados. Además de esto, tenemos una segunda cuestión: el poder no es una cantidad absoluta sino relativa. Está presente en diferentes cantidades en varios actores y refracta diferentes efectos según la posición de ellos. Por lo tanto, cuando se decide patrocinar al lábil Russo, el crédito que éste recibe es sencillamente parte del prestigio propio. Ergo, si el patrocinado se cae, arrastrará parte de ese crédito conferido, dañando a quienes aseguraron su validez. En otras palabras, las macanas del patrocinado empiezan a formar parte de la esfera de vulnerabilidad política del patrocinador (este es el razonamiento que prima detrás de la decisión de precipitar a Russo: evitar que alguien que no puede manejarse con un mínimo de dignidad, comience a destruir los espacios de legitimidad que le llevaron a Frank años de trabajo, de dinero, de negociaciones, desengaños y satisfacciones. Los lectores podrán acordar o no con esta decisión, pero eso no le quita la racionalidad que posee).

Frank sabe aguantar la estupidez ajena de manera notable. Una conducta estúpida es la de Linda Vázquez confesando su inasistencia al último proyecto de ley porque viajó a hablar con el Decano de Stanford. Es una decisión estúpida porque los proyectos de ley no fracansan por un sólo factor (y en este caso, tenemos la prueba de los dos votos que faltaron provienen de la estocada de Claire). Además, Frank había acordado con ella mantener en reserva su viaje. Esto expone a la persona que ­allende sus motivaciones­ le consiguió esa entrevista que ella no poseía. Un exceso de honestidad en un momento que no es determinante para el escenario que tenemos entremanos es claramente un acto de estupidez.

Frank conoce el viejo ‘treatment’. Esta es una metodología muy conocida dentro de la política norteamericana, que fuera implementada por Lindsay Johnson. Como es un tema que requiere la suficiente atención, lo abordaremos en una próxima nota.

Frank sabe que los errores cometidos vuelven en el momento menos pensado pero transfigurados en hiel amarga para ingerir de un sólo trago. Así le devuelve el Presidente (que no precisamente es el mejor liderazgo que dio esa nación) su papelón cometido en la TV nacional con el líder sindical docente. Sabiendo que esto podía pasar, no dice una sola palabra y toma lo que se ha ganado.

Frank conoce la vida política y sabe que ella requiere de diferentes cables a tierra obligatorios. Es determinante construir espacios de contención propia como la vida con Claire, la casa, el alimento constante de relaciones no necesariamente apoyadas en la política. Para completar esa economía, los escritores deberían haberle dado un hobbie. Una pasión desinteresada. Eso ordena las ideas para la pelea semanal cotidiana. Tal vez podamos esperarlo luego del 14 de febrero.

Frank conoce la regla de las reglas del poder. La metonimia más efectiva: la actuación. Actuar el poder es un modo económico y accesible de obtenerlo (a esto apelan Russo y Christina fingiendo una llamada del flamante Presidente de la Nación, que neutraliza a fuerza de demostración de poder ­y algo de cholulismo­ los planteos del Henry Chapman acerca de una ley de urbanización). Underwood actua el poder, pero, otra vez, conoce una lección más que Peter Russo acerca de la política: la enorme potencia que tiene actuar la humildad. Cuando no tiene más que bajar la cabeza porque el ambiente está muy denso actúa el servicio: prepara él mismo unos sandwichs a los padres de la niña que murió en su pueblo natal, pone a disposición su renuncia, y va bien munido de una compensación ofreciéndole a los padres una beca con el nombre de la finada (cual si fuese una persona destacada para la comunidad, cuando en realidad murió cometiendo un delito evitable como enviar mensajes de texto manejando... pero no procede atreverse a esta cruda verdad en un ambiente inundado por algo que los seres humanos no comprendemos como es la muerte de persona joven, con el agravante que nos sentimos abrumados por el dolor de los padres. Frank sabe que en ese momento hay que hacerle caso a las masas, y santificar a la muerta). Por cierto, este incidente tiene un componente más muy interesante: Frank demuestra saber que el enojo irracional ante una parte dolorosa de la vida (la muerte de un hijo y el desastre que yace en la falda de los padres) sólo pueden compensarse tapándolo con más irracionalidad. De ahí que no muestre sumisión leyendo las Escrituras, y redoble la apuesta gritando en un templo ‘Te odio, Dios!’.

Frank comete errores. ENORMES errores. uno de ellos es muy típico de quien está en política, y además, es el que más costos acarrea. Underwood olvida, hacia el capítulo 9 y 10, que las reglas del juego se aplican a todos los jugadores, todo el tiempo (no solamente cuando nos favorecen a nosotros). Ese error lo lleva a que todos los frentes queden abiertos: Claire, Zoe, Peter. Además, comete otro error con Russo, como es subestimarlo y encasillarlo en su debilidad. Pero las personas aún más desvencijadas tienen momentos de reacción contra su propia debilidad, o contra la envidia que les produce la fortaleza de los otros. Lo que sucede con Zoe es más previsible, pero eso no lo hace menos doloroso para su orgullo. El punto crítico reside que todo eso sucede en un momento en que Claire también se sale de su esquema. Y el castigo de Claire es triple: podría haberle hecho la vida imposible en la vida privada, pero no es una dama tan vulgar, por eso lo castiga en su labor y lo obliga a bajar la cabeza con el Presidente y a que la opinión pública y los miembros del Congreso vean que no toda el ala demócrata se ordena bajo su directiva. Aparte del castigo público, Claire cubre otros frentes: ordena a esa jovencita twittera que se toma demasiadas atribuciones (si su marido no la controla, ella hace lo propio) y repara su autoestima: vuela a New York a ver al amante del free spirit).

Por último, una cuestión que está a horcajadas entre la historia y el formato en que es narrada (una serie): la cuestión narrativa­cinematográfica a veces mete la cola en el desarrollo de la escena política y obliga al personaje de Frank a hacer aclaraciones: gran parte de los apartes (las veces que Underwood rompe la ficción y le habla al público) están colocados para explicar o enriquecer situaciones al público que no conoce la política. Veamos un ejemplo claro: Cuando Linda Vázquez le pregunta si todo lo que fue aconteciendo ­incluso el intento de que su hijo ingrese a Stanford­ no era más que un modo de llevarlo a la vicepresidencia. En este caso, el autor y el director se ven obligados al aparte para explicitar el mecanismo que opera entre ambos personajes y resaltar a favor de la coherencia del personaje la existencia de un artilugio (recordemos: Frank dice que si le miente a Linda ella lo usará en su contra, y si la elude ella no moverá un dedo). Esa es una treta muy común de la política, pero puede no ser vista por el público profano, y dejarla a la deriva de ser deducida (o no) implica perder un recurso narrativo que puede ser usado a favor del personaje de Underwood.

Lo que la sangre a los tiburones.

Claire es mucho más que una Lady Macbeth que azuza a su marido a conseguir el máximo del poder a cualquier precio. Es una mujer que conoce el poder a través de su marido, y entiende que los favores son simplemente excusas para contraprestaciones. Pero posee una gran ventaja de la que Francis carece: no está constantemente en un medio donde la vorágine del poder es la regla, y por eso puede tolerar tragos amargos si el fin esperado es mayor. Francis, en cambio, está inmerso en ese mar de rapiña, que lo lleva a la necesidad de ansiar un espacio de seguridad (en términos de supervivencia). Esta sensación tan común de la política es lo que empuja a muchos a la búsqueda denodada de más poder. Claire no siente esa amenaza a diario. Es su marido el que la padece.

Claire es distinguida (existe una gran fascinación entre la audiencia americana por el estilo y los diseños que luce Robin Wright en ese rol), y fundamentalmente, controlada. Conoce su lugar en la estructura Underwood, pero eso no la hace relegar sus intereses. Sabe que el trabajo de su marido puede regalarle una noche en vela o la ausencia de su marido en la cama, pero eso no la saca de sus cabales. Una mujer más joven no la vulnera en su autoestima y, cuando se siente atacada no se destruye porque los años pasaron, sino que va y ejerce su poder aclarándole a la interesada las diferencias de altura física, dinero y distinción. También le sugiere que a una mujer que pasó los cuarenta la separa una vida entera de una chica que comienza a corretear el mundo de los adultos.

Claire, a diferencia de Francis, posee límites más cortos. Y esto es lo que la hace la más fuerte de ambos. Sabe que la carrera de cada uno puede potenciarse con la del otro, y se maneja con reserva y pericia en ese esquema. Al no estar sometida al ansia de poder, puede darse el lujo de pensar sus movimientos y que estos sean más incrementales. También puede esperar que las ventajas vengan de quienes le deben un favor a su marido sin someterse al desgaste que ello conlleva.

Claire es una mujer aplomada en el mejor sentido de la palabra: la ofende que un cabildero ambicioso la invite a su suite presidencial, y no la inmuta que un hombre le confiese su amor y diga que odia a su marido. Ella lo ama y con eso alcanza.

Claire sabe que lo que un hombre no hace tiene que implementarlo ella. Y es posible que sepa el efecto que tienen esas acciones no previstas sobre un hombre que maneja su vida bajo el control de los actores (esto puede reflejarse en el gesto desencajado de Frank cuando Zoe le confirma que Claire estuvo en su casa). Claire usa, mejor que su marido, cierta predominancia animal, digna de un mamífero, que acude al territorio del adversario a ver sus cosas, pero también a dejar su olor y hacer que la víctima se inunde de adrenalina. En la próxima nota retomaremos este tema cuando hablemos del arte de Frank al aplicar lo que se conoce en la política norteamericana como ‘the treatment’.

Claire no está entregada por completo a su marido, y eso no implica que lo ame menos. Cuando Frank no cumple con lo acordado y la trata como una pieza más de su tablero, ella devuelve el golpe por elevación con un proyecto de ley que no sale. Francis quebró un contrato básico, que las mujeres no solemos perdonar: olvidar que Claire no es un jugador más para maniobrar, sino esa mujer que él dice amar más que los tiburones a la sangre. Si eso es así, por el bien de la coherencia, debe cuidarla y tratarla como lo que es: la Reina de su tablero. La misma Reina que si desaparece, hace que el Rey sea inútil en todo el juego. Romper esos contratos es patear un tablero que no tiene por qué ser pateado si ella contribuyó tanto a que las piezas estén bien dispuestas.

Mrs. Underwood es un personaje en movimiento que parece evolucionará mucho en la segunda temporada: el aviso a Francis acerca de no soportar cualquier precio, la conclusión a la que llega con su amante en una plaza (ver lo que resignó por un Francis que no llega a retribuirla), y la decisión de afrontar un tratamiento de fertilidad sola (algo que no necesariamente continuará así, pero la consulta médica la realizó en soledad sin participar a su marido), nos muestran una Claire que seguirá creciendo.

Una ventana, un cigarrillo y el silencio.

El matrimonio de los Underwood es un espacio de reparo personal para Francis, de construcción de poder, y de acuerdos establecidos. En lo cotidiano, se confirma de una manera más fuerte que ante un altar: la ceremonia se oficia en una ventana con un cigarrillo compartido, envueltos por el silencio nocturno.

Lo que más llama la atención de su matrimonio es, curiosamente, lo menos novedoso de él: Francis utiliza principios que aplica a la política para su vida marital. Y Claire también lo hace. Cuando la serie comienza, Frank se define como el plomero que hace que los sedimentos cloacales fluyan. Este mismo principio se aplica a su matrimonio. Una sociedad pública e íntima es un espacio de convivencia con los avatares públicos e íntimos. Lo que el común de la gente a veces no sabe, es que la vida de los políticos no tiene estos dos espacios divididos de manera estanca. El poder es una actividad lo suficientemente demandante como para que lo que concebimos como vida privada de una persona se desdibuje. En el caso de los Underwood, su matrimonio es la base de sustentación del apoyo personal a causa de actividades públicas (individuales y compartidas). Como cualquier vida matrimonial, a veces las cosas se hacen difíciles de llevar, los problemas se acumulan y las trabas se hacen persistentes. Pues bien, en ese momento, hay que destapar las cañerías. No exactamente del mismo modo que en política (donde se presiona, se recuerdan favores debidos o se arrincona), sino apelando a dar oxígeno: permitiendo visitas a amantes, no exigiendo explicaciones, manifestando lo que nos molestó de la conducta del otro sin volver a insistir sobre eso. Claire y Francis lo hacen mutuamente. No lo buscan en un terapeuta, sino que son ellos los mejores fontaneros de su matrimonio.

Fuente imagen: library.creativecow.net

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