Bastion Digital Argentina

Leé mejor, mirá diferente

Ingresá con

En defensa de Occidente

Iván Ordóñez
Economista especialista en Agronegocios

-A A +A
Mar, 05-11-2013
Pusimos al hombre en la Luna. Nosotros, Occidente. Agarramos a un hombre, lo metimos en un cohete y lo pusimos en la Luna. Lo trajimos de vuelta, vivo. Sin acupuntura, sin reiki, sin globulitos, sin terapia de las vidas pasadas. En la Luna. En el medio inventamos el teflón y podés hacer huevos fritos prácticamente sin aceite y no se pegan a la sartén. Emocionate conmigo, huevos fritos sin aceite. 

Creo en la potencia de una cultura que transformó a mi especie hace 10 mil años cuando en las márgenes de Nilo desarrolló la agricultura. Amo al Mediterráneo y me encanta la canción que Joan Manuel Serrat le dedicó cuando yo aún no había nacido. Me gusta escucharla mientras me tomo una Coca-Cola rebosante de hielo que saco de mi heladera. La voz del catalán sale nítida del parlante Bose. El iPod, diseñado en California y ensamblado quién sabe dónde es un cuadradito hermoso. Lo amo.

Pusimos al hombre en la Luna. Nosotros, Occidente. Agarramos a un hombre, lo metimos en un cohete y lo pusimos en la Luna. Lo trajimos de vuelta, vivo. Sin acupuntura, sin reiki, sin globulitos, sin terapia de las vidas pasadas. En la Luna. En el medio inventamos el teflón y podés hacer huevos fritos prácticamente sin aceite y no se pegan a la sartén. Emocionate conmigo, huevos fritos sin aceite. La Coca-Cola. Café dulzón con burbujas. Es alegre. Cada vez que explota una burbuja explota mi corazón. ¿Escuchaste alguna vez el Aleluya de Haendel? Sentí la perfección de las cuerdas vocales de un grupo de seres humanos conducidos por Occidente. Natalie Portman bailando el Lago de los Cisnes, el final del acto 1. Coca-Cola. Me emociono con el juego de altos y bajos de Strawberry Fields, esa parte que dice "always, no sometimes, think it’s me, but you know I know when it's a dream”  o con la voz rasgada de Bruce Springsteen en born to run o streets of fire.

La humanidad nació con la pinza, la unión de la yema del pulgar con la del dedo índice decidiendo con capacidad milimétrica la presión que desea ejercer. A los nombres de los dedos los saqué de leer Wikipedia y Rincón del Vago. Vení a criticar a Occidente sin meterte en Google. Occidente le puso a esa presión contenido. El hombre es la única especie sobre la faz del Planeta Tierra con conciencia en sí y capacidad de abstracción, puede imaginar lo que no ve. No me hablen de la sabiduría de los gatos.

Los vegetarianos niegan Occidente y son producto de él. No se permiten el pecado de la carne. Como carne, todos los tipos de carne, porque me encanta. Además porque manifiesto mi humanidad a través de la forma en la que me alimento. Demuestro mi poder sobre todos los otros seres vivos que habitan mi planeta alimentándome de ellos, tengan clorofila o sangre en sus venas. Lo único que me dice qué sí y qué no es su sabor. Occidente me enseñó que este planeta es mío. Con sus derechos y obligaciones. Y Coca-Cola.

*********

Cuando estaba terminando la universidad, y mi viejo contaba sin que nosotros lo supiéramos sus últimos días, las conversaciones con él se ponían extrañamente filosóficas. Particularmente autoritarias. Él se justificaba con un argumento imbatible que en ese momento parecía rídiculo: si muero quiero que mi mensaje quede claro y fuerte, vos después vas a tener toda tu vida para hacer lo que quieras. Y yo sé que Occidente me lo permite. Los temas giraban casi exclusivamente sobre dos ejes que creía separados, pero en el fondo estaban entrelazados. El primero y quizás más presente era lo que él llamaba mi pulsión de muerte. Las actitudes y acciones autodestructivas con las que me boicoteaba, generalmente enmarcadas en lo que él resumía como mi providencial tendencia al ocio. El peor de los pecados, el de desaprovecharse. Mi viejo me soñaba más.

El segundo tema que hilaba las charlas era su temor a que no hubiera una moral que me contuviera ¿Cuáles serían mis tablas de la ley? Su madre católica, su educación inglesa y por lo tanto protestante, su cercanía a los curas tercer mundistas y el marxismo-leninismo, su afiliación final al hito burgués del país maldito que fue el menemismo. Todas esas experiencias le permitían creer que había un corpus espiritual que lo contenía. Por sobre todas ellas el enroque entre la moral católica y la religión marxista. La historia como un fin. La vida con un sentido. El mito de Occidente. Él temía que yo quedara huérfano de algún anclaje moral porque crecí cuando él había dejado esas creencias atrás, mirándolas por el espejo retrovisor de la coupé Taunus. Formaban su carácter y se colaban en su lenguaje, pero no las trasmitía de la misma forma que él las recibió, como la verdad revelada e inconmovible. Se equivocó. Yo tengo Coca-Cola. Tengo un iPod, y en breve tendré una bicimoto. Eléctrica, porque cuido al planeta y respeto a las minorías.

*********

Occidente nos trajo la moral judeo-cristiana, que reprueba la injusticia y protege a los más débiles. Que explica que la fuerza es el derecho de las bestias. Occidente permite que las mujeres puedan usar jeans ajustados y shorts y las aplaude cuando les quedan bien. Oriente les mutila el clítoris y las apedrea si tuvieron fantasías con un hombre que no es su dueño. No les otorga la libertad de manejar un auto. Occidente las celebra y les recuerda que, como dice Alto Palermo, los ex las dejaron ser más lindas. Alto Palermo les dice que vayan al Megatlón, se empilchen con el producto de su trabajo y se acuesten con quien se les de la gana. Incluso si tienen pareja. Porque en Occidente nadie es dueño de nadie. Occidente es la libertad del más apto. Por eso andá al Megatlón.

Es the land of the free and the home of the brave. Donde no importa tu religión, tu color de piel, de quién sos hijo o si te calientan especímenes de tu mismo género. En Occidente se te respeta. Si tenés lo que hace falta para reclamar ese respeto. Occidente es cruel, ha cometido un sinnúmero de atrocidades. Ha vejado y marcado la vida de millones. Pero el bien prevalece. Lo sé porque mientras escribo esto tomo un café de Costa Rica mientras como un alfajor Terrabusi de chocolate hecho con lecitina de soja. Tengo la certeza de que lo mejor de Occidente prevalece.

Se me infla el pecho cuando escucho cualquier discurso de Barack Obama, lo mejor que le pudo dar Occidente a mi generación. Un negro con un padre abandónico que es el presidente de la potencia cultural, económica, política y militar del globo. Ese es mi sheriff. El líder del Mundo Libre. Un tipo que en cualquier otro lugar del mundo sería un pobre infeliz rebosante de paco en Estados Unidos, donde Occidente fluye libre y a sus anchas, es presidente. Cuando abre la boca predica sobre nuestros better angels, lo mejor de nosotros mismos. Lo mejor de Occidente. El que le vendió los tanques a la Unión Soviética para derrotar el horror nazi y que después les vendió Nutella y bananas a los alemanes para derrotar el horror soviético. El Levi’s Store de Berlín está decorado con fotos de pibes sentados sobre el Muro, cayéndose a pedazos. Todos usan jeans, azules, negros, gastados, nuevos. Escuchan Pet Shop Boy. Ganamos.

Creo en la potencia del Capitalismo. Celebro el andamiaje material y conceptual que permitió al ser humano casi duplicar su esperanza de vida en sólo 200 años. Un salto adelante que no había dado en casi 10.000 años. Si un día tenemos que cerrar filas entre Osho y Francisco, no tengo dudas. A mi libro de autoyuda lo escribió Maximilian Carl Weber, se llama “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. No soy el único; me acompañan 1.200 millones de chinos que hace 60 años abrazaron ideas occidentales y protagonizaron una de las historias de progreso económico, cultural y social más fascinantes de la humanidad. La madre de mi concuñada, matrona de una familia de clase media baja del interior de Beijing, se turnaba cenas para que su hija pudiera tener las dos comidas. Hoy, esa chica habla tres idiomas y conoce todos los continentes del Planeta Tierra. En la casa de Emilia se comía pollo los domingos. Hoy ella se ríe de los giles que se cruza cuando viaja y se declaran vegetarianos. El progreso permite esas historias maravillosas. Permite rebelarse contra el destino manifiesto. Te sirve una Coca-Cola bien helada.

Detesto el oscurantismo antitecnológico disfrazado de “volver a las raíces” o “reencontrarse con lo espiritual”. El miedo a lo desconocido dominado por la incomprensión de lo distinto presentado como un falso dilema: lo material en conflicto con lo espiritual. Las personas más mezquinas en términos materiales y espirituales con las que me crucé declaman el hippismo luddista como forma de llevar la vida. Gordon Gekko tiene más corazón que un hippie de Plaza Francia. Por favor, no me vengan con el indigenismo o el islamismo. Los indios no inventaron nada. Cuando en Europa construían la Capilla Sixtina los incas corrían en taparrabos pegándose con unos palos. No tenían escritura siquiera. Los moishes que fundaron Israel plantan tomates en el medio del desierto y desarrollaron el microprocesador gracias al cual el iPod es posible; las tribus de bereberes y musulmanes que habitan esas mismas tierras no le dieron nada a la humanidad desde la invención del “cero”. De ahí a esta parte, nada.

Amo la Coca-Cola, los Strokes, el tiempo libre, Allende, Charly García, Ella Fitzgerald, Reagan, Woody Allen, Tolkien, Freud, Natalie Portman, Bruce Springsteen, David Coriat, Emily Ratajkowski, Weber, Frank Sinatra, youtube, Bloomberg, Lacan, Penelope Cruz, los autos, Martin Scorcese, Bar Rafaeli, Harvey Milk, Norman Borlaug, Justin Timberlake (el renaissance man de mi tiempo), Marilyn, los parques de Palermo, Keynes, twitter, los Beastie Boys, Frank Lloyd Wright, el whisky y el Gin&Tonic, Di Caprio, Pink Floyd, Obama, Jeremy Irons, el Campari, Glenn Close, Clooney, Spielberg, el Turco Asís, The Glenlivet, Stallone, las bicicletas, Winston Churchill, Disney, Sarmiento, los jeans, Robert De Niro, el vino, Lemebel, los restaurantes, Mad Men, Kennedy, Marx, el Sushi, los aviones, Iván de Pineda y sus viajes y sus trajes. No encuentro una manifestación más explosiva de la creatividad del ser humano. Aguante Quickfood y el Paty.

Todo se reduce a la pregunta fundamental: ¿Qué pasa cuando morimos? La realidad es simple, somos un manojo de materia conectada a través de nervios. Cuando morimos el corazón deja de latir, la sangre que transporta el oxígeno al cuerpo – y principalmente al cerebro, que es el creador de todo – deja de circular. En ese momento sobreviene una sensación de asfixia y por diferencia de presiones los pulmones quedan sin aire. En ese momento la vida se termina. No existe más nada. La angustia que nos produce ese hecho es abrumadora. Una eternidad de absolutamente nada, la desaparición. No hay redención, no hay cielo, no hay infierno, no hay alma, no hay Ghost con Whoopy Goldberg. La muerte es terrible, es lo desconocido. En cambio la Coca-Cola está ahí. Reach out and touch faith.

Por eso celebro Occidente, porque le permitió al ser humano demorar la llegada de la muerte rebelándose contra ella y entretenerse en el mientras tanto. Tranquilo viejo, Occidente vive en mí, como vivió en vos.

Imagen: Los Portadores de la Antorcha (A.H. Huntington, 1955), en Madrid. Homenaje a la civilización occidental. Fuente: Wikipedia Commons.

Danos un "Me gusta" en Facebook y seguinos en Twitter.

Registrate para hacer comentarios y recibir nuestra newsletter.

Si vos también tenés algo que decir, decilo en BASTION Digital

 

 

 

  • nah
  • mmm
  • aprobada
  • aplausos
  • ovación

Mas en Bastion

BASTION en el mundo