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El hombre que ríe

Irene Benito
Periodista y abogada

Periodista de La Gaceta (Tucumán). Abogada (Universidad Nacional de Tucumán). Máster en en Periodismo (Universidad Autónoma de Madrid/El País). Co autora del libro “A su salud. La historia de Juan Luis Manzur, el ministro más rico de la era kirchnerista”. Docente de la Escuela de Graduados del Colegio de Abogados de Tucumán.

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Lun, 31-08-2015
Pareciera que Manzur lo tiene todo, en parte, porque Manzur sonríe suceda lo que suceda. Ese tic, ese hábito, esa estrategia de comunicación, ese gesto de alegría permanente es su seña personal. Durante casi cinco años la Justicia Federal mantuvo su nombre asociado a la investigación de un supuesto enriquecimiento ilícito, pero él no dejó de expandirse en todos los sentidos posibles. Por momentos da la sensación de que Manzur se ríe porque sabe de antemano que la suerte está está echada a su favor.

Extracto de “A su salud. La historia de Juan Luis Manzur, el ministro más rico de la era kirchnerista” (Ediciones Bicentenario). Por Irene Benito, Indalecio Sánchez y Fernando Stanich.

“El Mocho” es un hombre afortunado no tan sólo desde el punto de vista económico. Fue en febrero de 2015 cuando su pata de conejo y su trébol de cuatro hojas dieron lugar a la magia y activaron –una vez más- su buena suerte. En la misma semana, el encuestador estrella de José Alperovich, Hugo Haime, mostraba por primera vez desde que el gobernador había bendecido la dupla Manzur-Osvaldo Jaldo había números interesantes que colocaban a la yunta a la cabeza de la intención de votos. Con ello, el vicegobernador obtenía por fin un respiro respecto de su candidatura: hasta ese día, arreciaban los rumores de que podría ser reemplazado por la senadora Beatriz Rojkés –o por otro dirigente- si las encuestan continuaban sin sonreírle. Y en ese mismo instante la presidenta Cristina Fernández de Kirchner pronunciaba las palabras que hacía rato Manzur quería oír: puede volver a casa. Hacía meses que el candidato a suceder a Alperovich deseaba retornar a Tucumán para fortalecer su candidatura; recuperar su poder en la Legislatura y controlar de cerca que nada interfiriera con su sueño de ascender a la Gobernación. Cuando ya parecía que ello era demasiado dulce para ser cierto, llegó un bonus track que lo puso eufórico. El 28 de febrero, la Presidenta recibía a su sucesor en el Ministerio de Salud de la Nación y despedía a “Juancito” llenándolo de elogios: “Ambos se sumaron al gabinete (por Manzur y por Jorge Capitanich, jefe de Gabinete que también dejaba el Poder Ejecutivo Nacional) en momentos muy difíciles. Ser miembro de un Gobierno que recién empieza o que está en su mejor momento es mucho más fácil, pero Juan Manzur llegó a ministro de Salud cuando fue convocado en 2009, año de crisis económica y de crisis de salud a nivel global con la gripe A. Luego, también, de haber perdido las elecciones en la provincia de Buenos Aires y de haber quedado numéricamente en términos muy inferiores en ambas cámaras (del Congreso). Fueron dos años duros para el Gobierno y para la Argentina. Vino Juan en momentos donde los diarios decían que se iban a adelantar las elecciones y que nos íbamos a ir. Juan entró al Gobierno con optimismo y con la sonrisa que lo caracteriza. Puede haber culebras y un terremoto, y él está riéndose. ‘Vamos a salir y a afrontar esta crisis sanitaria grave’, dijo. También salió del dengue (...): era toda risa y optimismo. Me llamó luego más tarde y me dijo que no estaba loco porque se estaba riendo. Pero esa risa, ese optimismo, esa confianza en poder derrotar la adversidad es lo que nos hace falta a todos los argentinos en todas las áreas. Él mismo es vicegobernador de Tucumán y contó que le dijeron que no aceptara el cargo porque era vicegobernador, pero él dijo que vendría porque creía en este proyecto. Lo vino a acompañar a Néstor y a mí en momentos muy difíciles y lo hizo, además, muy bien. Hoy se va para cumplir otra tarea importante en Tucumán, para pelear en su Tucumán y estar en el cargo de vicegobernador. Quiero agradecerle profundamente como Presidenta ese gesto, porque estar con un Gobierno que está bien, que tiene éxito, que recién empieza es fácil, pero dejar una posición tranquila, cómoda para compartir sinsabores, esfuerzo, requiere de un temple especial, pero también de sentimiento y de corazón, y yo se lo agradezco profundamente”.

Manzur selló así su candidatura con la confirmación de la Presidenta de que el risueño y noble ministro es un hombre fiel de su movimiento.

(…)

La historia de Juan Manzur, el ministro más rico de la era kirchnerista, es la historia de un médico cuarentón que llegó lejos, pero que no se conforma con eso. Pareciera que a Manzur siempre le falta algo, aunque este proyecto periodístico demuestra que lo tiene todo. Su huella es la de un sanitarista desconocido que de un día para el otro (de una década para la otra) saltó a la primera línea de la política provincial y de allí, a la primera línea de la política nacional. El salto pendiente, el que tiene por delante, es el que puede colocarlo -comicio mediante- en la silla que durante 12 años ocupó su jefe, mentor, pro- tector y padrino: José Alperovich.

Pareciera que Manzur lo tiene todo, en parte, porque Manzur sonríe suceda lo que suceda. Ese tic, ese hábito, esa estrategia de comunicación, ese gesto de alegría permanente es su seña personal. Durante casi cinco años la Justicia Federal mantuvo su nombre asociado a la investigación de un supuesto enriquecimiento ilícito, pero él no dejó de expandirse en todos los sentidos posibles: en ese plazo creció en la política (siguió controlando la cartera nacional de Salud, y ganó las elecciones de 2011 y 2013 como candidato -testimonial- respectivo a vicegobernador y diputado por Tucumán) y patrimonialmente. Por momentos da la sensación de que Manzur se ríe porque sabe de antemano que la suerte está echada y que está echada a su favor.

Su historia es la historia de un hombre nacido en un hogar sencillo y sin fortuna que se hizo rico mientras ejercía la función pública. Manzur declaró bajo juramento una evolución patrimonial que escapa a la comprensión racional. Sin embargo, la Justicia Federal consideró que el crecimiento económico impactante del ex ministro kirchnerista estaba justificado.

El lado curioso de la historia de Manzur es que la causa penal contiene innumerables datos llamativos, contradictorios e inexplorados. Sólo hacía falta que alguien quisiese verlos: en ese sentido, esta historia presenta puntos ciegos evidentes, lo que en sí mismo es todo un oxímoron. La investigación judicial careció de actividad investigativa en términos estrictos y, en virtud de ese déficit, se transformó en “el proceso penal ficticio” que había vaticinado el defensor fallecido José Agustín Ferrari.

Manzur ha sido sobreseído por el juez Bejas y el tribunal de alzada, pero este libro plantea que la verdad judicial no se ajusta necesariamente a la verdad contenida en las declaraciones juradas del ex imputado y a las verdades del mercado. Las piezas sueltas abonan y garantizan la persistencia de las dudas que la Justicia pretendió extirpar con sentencias desprovistas de alusiones concretas al patrimonio cuestionado y plenas de formalismo dogmático. Los interrogantes sin respuesta están a la vista -otra vez, de quienes quieran verlos- y son susceptibles de un abordaje intelectual. Este libro intentó hacer el análisis que la Justicia omitió, pero, si bien es posible -y, quizá, necesario- ponerse en la piel de Sherlock Holmes, sólo el Poder Judicial puede condenar cuando constata la existencia de un delito. Y la magistratura también se equivoca.

La historia del ministro más rico de la era kirchnerista se ha topado con la potencia divulgadora del periodismo. Manzur sigue siendo un desconocido para gran parte de los tucumanos y de los argentinos, pero esa percepción cambia a partir de la exposición de datos biográficos, políticos y patrimoniales que habían quedado ocultos y olvidados. Con su frialdad y su gestualidad monótona, Manzur se ha revelado como un personaje riquísimo, tan acaudalado que no hubo manera de evitar la tentación de contar su trayectoria siguiendo la ruta del dinero. Pero su historia no termina en esta página ni mucho menos; la historia, como dice el cantautor uruguayo Jorge Drexler, no es más que una puerta giratoria.

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