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Dos potencias se saludan

Martín Sivak
Periodista

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Jue, 27-08-2015
Néstor Kirchner recibió a Héctor Magnetto en la Casa Rosada cuatro meses después de asumir. El presidente le explicó al CEO qué quería hacer en su gestión; Magnetto trazó un mapa general del estado de la política y la economía. Casi no se manifestaron diferencias en el diagnóstico y en las soluciones. Kirchner imaginaba una convivencia con el Grupo: la Casa Rosada comandaría la política y Magnetto los medios, como dos campos independientes que nunca colisionarían. 

Extracto de “Clarín. La era Magnetto”, de Martín Sivak (Planeta, 2015).

Néstor Carlos Kirchner recibió a Héctor Horacio Magnetto en la Casa Rosada cuatro meses después de asumir la presidencia.

Alberto Fernández fue testigo de ese encuentro. El presidente le explicó al CEO qué quería hacer en su gestión; Magnetto trazó un mapa general del estado de la política y la economía. Casi no se manifestaron diferencias en el diagnóstico y en las soluciones.

Hablaron también de los piquetes y de la precariedad que trasmitían cuando se los veía en los canales de noticias. TN podía prestar un servicio al respecto, como había hecho durante toda la presidencia de Duhalde.

Kirchner sabía cómo halagar a Magnetto. Dijo, según la versión del CEO, que tomarían la renegociación de la deuda del Grupo Clarín como una referencia: entonces estaban en marcha la del multimedios y la de la Argentina. Como el editorial y el discurso inaugural, el presidente y el número uno encontraron en persona un repertorio especular: desendeudamiento, crecimiento y paz social. 

Ante Fernández, Kirchner imaginó una convivencia con el Grupo: la Casa Rosada comandaría la política y Magnetto los medios, como dos campos independientes que nunca colisionarían. 

Del mismo modo que sumó simbólicamente al Grupo, hizo lo propio con la CGT de Hugo Moyano, con gobernadores e intendentes del peronismo, con organizaciones de derechos humanos: así relativizó su 22% de votos en las urnas. 

Para Kirchner, los lectores de Clarín eran sus votantes. Lo mismo sucedía con los oyentes y televidentes de sus señales de radio, televisión y cable. Por eso designó dos cancilleres: Rafael Bielsa para el mundo y Alberto Fernández para el mundo Clarín

En una primera etapa Fernández publicaba las reuniones que mantenía para hacer transparentes las acciones de gobierno. Llamaba la atención la gran cantidad de encuentros con personajes del mundo del periodismo, desde redactores hasta propietarios de medios. El ábaco le falló al contar las reuniones con los directivos de Clarín: de cada diez se publicaban dos, reconocen en la empresa. Se construyó un vínculo permanente e intenso, apoyado en el interés que empezarían a desarrollar el presidente y el CEO. 

En el mundo práctico de esa relación durante los primeros meses de gobierno surgieron dos prioridades: conseguir que la ley de bienes culturales se sancionara (todavía faltaba la votación en Diputados) y que el Grupo completara la renegociación de su deuda privada.

Por primera vez apareció una poderosa voz parlamentaria disidente: Carrió se opuso a la ley de bienes culturales.

Según la empresa, Rendo pidió la intermediación del diputado mendocino Gustavo Gutiérrez, amigo del directivo y compañero de fórmula de Carrió en las presidenciales de 2003, para persuadirla. Carrió contestó que pidiera audiencia por conmutador o a través de su secretaria. Pero nada funcionó.

La diputada pronunció un discurso vehemente contra la ley pocos días más tarde de la asunción de Kirchner. Aunque la empresa llevaba veinte años de influencia, por primera vez en un debate parlamentario trascendente un dirigente político con votos se refería a la corporación de Magnetto.

Si Ámbito Financiero había bautizado la derogación del cram down como la Ley Clarín, Carrió llamó a la de bienes culturales la Ley Clarín y La Nación. Su alocución alcanzó altos decibeles.

Señor presidente: votamos por unanimidad la modificación de la Ley de Quiebras. Luego de eso vino una exigencia del FMI para que se incorporara el cram down, mediante la modificación de la modificación que habíamos hecho a la Ley de Quiebras…

Lo que se está haciendo acá tiene nombre y apellido, y nosotros lo queremos decir muy claramente. Se trata precisamente de respetar la dignidad nacional de los señores diputados nacionales y el interés nacional de todas las empresas nacionales, no sólo de(l Grupo) Clarín y La Nación.

Un Parlamento que hace dos días dijo que iba a cambiar no puede dictar una ley que otorgue un privilegio a empresas con nombre y apellido en desmedro de las restantes empresas nacionales. Esto último nos torna indignos a nosotros y nos hace dictar una ley claramente inconstitucional (…)

¿Cuál es la razón para excluir del cram down a La Nación y a(l Grupo) Clarín y no al sector agropecuario o al metalúrgico, cuando además el cram down no es salvataje en la Argentina sino el medio para que los bancos se apoderen de las empresas argentinas?

Carrió preguntó de qué interés nacional se hablaba: en su perspectiva, los negocios de las empresas periodísticas no respondían al interés nacional, que entre otras cosas —agregó— esos grupos nunca habían defendido. Por último denunció ante la Cámara «el lobby escandaloso, de carniceros», que se había desplegado durante meses. 

La ley de bienes culturales quedó aprobada el 18 de junio de 2003.

El multimedios consiguió su objetivo con un gran consenso entre las fuerzas políticas y el campo periodístico. Ámbito Financiero, el más anticlarinista consecuente, y Carrió resultaron las escasas excepciones de peso. Ni las empresas agropecuarias ni las metalúrgicas reclamaron el privilegio que había invocado Carrió. Peronistas y radicales alfonsinistas que por años habían rumiado contra el Grupo contribuyeron a salvarlo en nombre de la defensa del empresariado nacional. Fue también la primera caricia de Kirchner a Magnetto.

En la secuencia de hechos resonaba un eco de lo sucedido en 1989 con las licitaciones de los canales de televisión.

Aquel año la Argentina también había sufrido grandes turbulencias. Las modificaciones claves para la expansión de Clarín
—la ley de reforma del Estado que derogó el artículo 45— y para la supervivencia del gigante corporativo —la ley de bienes culturales— se dieron en el contexto de las dos peores crisis económicas desde la recuperación de la democracia: la hiperinflación de 1989 y la debacle de 2001.

En ambos casos Magnetto supo sacar provechos particulares en nombre de un interés general: la democratización de los medios a través de la privatización de los estatales y el rescate de los nacionales de las garras foráneas en tiempos en que la máxima autoridad eclesiástica, el futuro Papa Francisco, alertaba que la Argentina se hallaba al borde de la disolución. 

Si en la década de 1980 Clarín se había tomado ocho años de lobby lento y constante como una larga maratón para crear las condiciones de la privatización, en 2002 el Grupo contó con escasos meses para convencer al PEN y el Legislativo. Tres gobiernos peronistas concretaron el reclamo: el de Menem y luego los de
Duhalde y Kirchner.

En esos veinte años de democracia la empresa de Magnetto reclamó a los gobiernos por temas variados, pero ninguna petición tuvo la importancia de esas dos normas. Una ley fundamental para crecer. Otra ley para no perder el control del portaaviones.

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