Bastion Digital Argentina

Leé mejor, mirá diferente

Ingresá con

Cultura popular y el elitismo en tiempos kirchneristas

Sofía Mercader
Profesora de Filosofía (UBA)

Cursando PhD en la Universidad de Warwick (Reino Unido), Departamento de Estudios hispánicos.

-A A +A
Mié, 21-08-2013
El kirchnerismo es la clase media que adopta cierta moral de lo popular. Para la clase media kirchnerista lo popular está bien, se trata de una cuestión ideológica, pero también moral ¿No hay acaso un componente moral en la ideología? El kirchnerismo no tolera la idea carriotista del pacto moral, pero el kirchnerismo es un universo de ideas sobre lo que está bien y lo que está mal. 

Civilización o barbarie,  he aquí el binomio que ha configurado, si no la historia argentina, al menos la representación de sus históricas disputas culturales. Hoy en día aún existen resabios de aquella dupla maldita que en su conjunta oposición representa la constante división del pensamiento sobre lo nacional.

“Civilización” y “barbarie” son términos que hoy están excluidos del lenguaje intersubjetivamente aceptado, sin embargo, algo de su semántica se halla reconfigurada en la oposición cultura de elite - cultura popular.

Pero si en Sarmiento la valoración positiva se inclinaba hacia la primera parte del binomio –civilización- hoy el discurso político oficial ensalza el concepto de “lo popular”. Queda por ver hasta qué punto el kirchnerismo, como portador de esa épica de lo popular, ha extendido como obligatoria la referencia al pueblo a toda la política argentina, aportándole una tónica particular a la época.

Pueblo

El concepto de “popular” es más bien patrimonio del discurso político,  pero quienes hoy ocupan un espacio que podría llamarse “campo intelectual” (habría que ver si el concepto de Bourdieu puede aplicarse cabalmente hoy en día a quienes se dedican al pensamiento) siguen visitando esta idea. ¿Logran los intelectuales ponerse efectivamente en relación con “lo popular”, o sólo hacen distintos discursos sobre el mismo?

Lo cierto es que la definición de un gobierno como “Nacional y Popular” hace que quienes piensan la política –no los que la hacen, quienes están eximidos de cierta sofisticación conceptual- tengan que vérselas con esa idea. Aclaración: se trata de “lo popular” y no del “pueblo”, entendido este último concepto como la totalidad de los habitantes de un territorio. En la expresión “popular” hay un agregado semántico-ideológico que excede a la idea de “pueblo”.

Lo paradójico es que el pueblo no hace uso de esa categoría, no divide el mundo entre “popular” y “elitista”. Pareciera, a veces, que quienes más desprecian a determinadas elites son justamente otras elites. Los políticos kirchneristas forman parte precisamente de una elite que discursivamente hace un uso de ese sintagma: “nacional y popular”, pero ¿existe un componente de clase particularmente nacional o particularmente popular en esos dirigentes? Cuando nos preguntamos cuál es el objeto al que hace referencia la idea de “campo popular”, ¿nos referimos a los pobres y desposeídos? ¿A los agrupados en movimientos sociales? ¿A los afiliados a un partido político de izquierda? ¿A los que están por debajo de la clase media? ¿A los trabajadores? Y si se trata de los trabajadores ¿incluimos a los gerentes, a los empresarios, a los publicistas, a los creativos de Google? ¿Se trata también de esa clase política oficialista?

Clases medias

Existe un ideal de las clases medias que es el del progreso; esa categoría iluminista del siglo XIX, occidental por excelencia, de nuestros padres fundadores (de Sarmiento y Alberdi) que persiste en la idea más actual de progresismo o desarrollo.

La clase media es lo que se contrapone en nuestro universo simbólico a lo popular, al menos tal como hoy en día están planteados los términos de la discusión. Pero habría que ver si la discusión no estuvo siempre planteada con los mismos conceptos, pero con otros significantes (civilización, barbarie).

Hay un “odio de clase media”, escribe Link refiriéndose a los corsos del carnaval de la ciudad autónoma. Se describe a sí mismo como partícipe de un sentido común de clase media que no baila en lo corsos, y que vive caminando entre medio de ellos, que tiene que pasar por el festival de espuma antes de llegar a la librería de la calle Corrientes para comprarse la última novela de Houellebecq.  Pero ¿quiénes bailan en los corsos? ¿Las clases populares únicamente? ¿No tienen acaso los chicos egresados del Carlos Pellegrini su propia murga? ¿Cómo se insertaron ahí?

El kirchnerismo es la clase media que adopta la simbología de lo popular, o más bien, adopta cierta moral de lo popular. Para la clase media kirchnerista lo popular está bien, se trata de una cuestión ideológica, pero también moral. Porque en definitiva ¿no hay acaso un componente siempre moral en la ideología? El kirchnerismo no tolera la idea carriotista del pacto moral, pero el kirchnerismo es, en definitiva, un universo de ideas sobre lo que está bien y lo que está mal. Todo lo que hace el kirchnerismo como fenómeno político es una división de sentido sobre lo bueno y lo malo. El campo, Clarín, la Corte Suprema son las entidades que en un momento pasaron al lado oscuro, al universo de sentido del mal. Se trata de los conflictos que, en definitiva, marcaron las adhesiones y detracciones políticas que constituyen la épica del kirchnerismo.

Década

Mientras el kirchnerismo sigue persistiendo en el gesto de presentarse a sí mismo como genuino representante del pueblo -un pueblo siempre amenazado por “los intereses” de las corporaciones- la retórica de la “década ganada” va dando muestras de su crisis. En definitiva, la mención al decenio 2003-2013 como una especie de época dorada contradice una visión que va ganando más terreno: la política en estos diez años no pudo traducir el crecimiento económico en un igual crecimiento de calidad de vida de esas clases populares.

La oposición comenzó a advertir –al menos discursivamente- que es políticamente redituable hacer referencia a las cuestiones que no fueron resueltas en esta década. Llama la atención una aclaración del fundador de la Juventud Sindical, Facundo Moyano, en una nota de la anteúltima Crisis: “Yo entiendo que acá muchos compañeros tienen la idea de dignificar la pobreza, pero la pobreza no se dignifica, el pobre adquiere dignidad cuando deja de ser pobre.”

Su padre, Hugo Moyano, es lo que le aportaba –en gran parte- el componente materialmente popular al kirchnerismo. Facundo, con su estirpe conurbana viene a plantear  en esta sentencia un problema tradicional de la clase media: el progreso, el del pobre que quiere dejar de serlo, el del ascenso social.

Cristina por el contrario, representa -objetivamente, materialmente- el ascenso social (del consumo) de las clases medias en los noventa. Estéticamente es la figura del nuevo rico: el luto que parece importado de una película norteamericana, las carteras impresas con el logotipo Louis Vuitton, las cirugías estéticas. Materialmente, es la hija de clases medias de mitad de siglo, primera generación de universitarios que acumuló una fortuna en un momento en que el país se dividió entre quienes quedaban en bancarrota (clases bajas, pero también amplias porciones de la clase media) y quienes mantuvieron o acrecentaron su patrimonio, disfrutando (estando ideológicamente a favor o en contra) del peso-dólar, dólares que se iban en el “deme dos”, viajes a Europa y lavaplatos importados.

Facundo Moyano también es hijo (menor) de los noventa. Le debe su lugar a su padre, lo que no significa que no tenga su mérito propio, pero en política -sobre todo sindical- la herencia sanguínea pisa fuerte. El gremio de camioneros, por si hiciera falta aclarar, le debe su protagonismo actual a las rutas construidas durante el menemismo. Dejamos a los especialistas la conveniencia epocal del tipo de desarrollo en infraestructura en los noventa.

Es en estos sindicatos de la CGT que aún persiste cierta relación de representatividad más directa de lo popular y que los convierte en “factores de poder real”. Para seguir con el ejemplo, Facundo quiere llegar a ser representante –aún perteneciendo a la elite política- de ese “pueblo” que hoy en día aspira a algo más que poder comprarse zapatillas Nike: que quiere un dúplex y no solamente el plasma adentro de la casa construida en la villa. Facundo Moyano no vive en la villa, pero conoce mucho más el universo simbólico de una clase trabajadora con la que tiene contacto directo a través de su liderazgo, se trata de una parte de la sociedad que tiene un universo de aspiraciones que se parece muy poco al de las clases medias kirchneristas que odian a Clarín, al campo, a la Corte Suprema.

Futuro

El problema que se le plantea a la Argentina es –como otras veces en su historia- el de cómo la real “clase popular” puede incorporar el ideal de la clase media: el del ascenso, el del progreso. ¿Acaso hay algo más anclado en el ideal civilizatorio sarmientino que la idea de que el pobre deje de ser pobre?

Sarmiento prefirió tomar como modelo a los Estados Unidos porque en Europa había visto ingentes masas de pobres; había visto una tierra en la que parecía que ese ideal de progreso que había leído en las obras de los franceses era imposible de realizar.

Es paradójico que el autor de Facundo –quien había tenido que exiliarse en Chile por su antirrosismo- terminara reconociendo que Rosas era un mal necesario para la nación, el caudillo había sido el único capaz de unificar bajo un mismo mando un territorio de sujetos bárbaros.

El peronismo, tradicionalmente, ha reivindicado esta figura, la de Rosas, y ha rechazado la ilustración de Sarmiento, en un gesto de persistencia en la dicotomía pueblo - elite.  El no peronismo, aún sin hacer referencia discursivamente a esa oposición, no ha podido generar simpatías que lo acerquen de un mejor modo a los sectores realmente populares, ahí su desafío.

Lo cierto es que ambos polos son constitutivos de la identidad nacional y hoy en día, donde el juego de las representaciones es más volátil, existe una oportunidad para pensar cómo podrían combinarse esos ejes supuestamente antitéticos: clases medias – clases populares, en otras palabras, si alguna vez el binomio maldito puede presentarse como síntesis y no como oposición.

Danos un "Me gusta" en Facebook y seguinos en Twitter.

Registrate para hacer comentarios y recibir nuestra newsletter.

Si vos también tenés algo que decir, decilo en BASTION Digital

 

Comentarios

Enviado por lilianacesar en

Muy bueno. Apuntás al corazón de nuestra estructura social simbólica. Aquí todos nos sentimos clase media. Y los que no se desviven para llegar a serlo, o que al menos lo sean los hijos. Vivo parte del año en Berlín, además de compartir mi vida con Europa desde joven. En Alemania, y en Europa en general, la pertenencia a la clase obrera es clara, sólida: los obreros alemanes no se cambian el overol al salir de la fábrica, los ingleses van a tomar su copa al pub con la ropa de trabajo. Viven mejor que nuestras clases medias por cierto, mucho mejor, pero se saben y se sienten obreros. No se si orgullosamente, pero sí tranquilamente. Las clases sociales en Europa son menos móviles, los obreros viven muy bien y ganan muy bien, pero se saben y se dicen obreros.

  • nah
  • mmm
  • aprobada
  • aplausos
  • ovación

Más en Bastión

BASTION en el mundo