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Cómo explicar el linchamiento

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Lun, 31-03-2014
Los delitos violentos, las reacciones violentas al delito, y los actos de fuerza se han multiplicado. Somos más violentos y no tenemos claro por qué. Por primera vez, desde el Estado y la sociedad política surgen mensajes más conciliadores que los que vienen de la sociedad civil. Algo nos está pasando.

Los episodios consecutivos de linchamiento ciudadano de presuntos delincuentes por parte de turbas de diversos extractos sociales han reabierto un debate sobre los modos de la convivencia social entre los argentinos.

El debate se había iniciado con los sucesos de Córdoba y Tucumán de diciembre, donde frente al paro policial, bandas de “vecinos” armados de palos, cadenas y otros enseres –cuando no lisa y llanamente munidos con armas de fuego- se dedicaron a detener, requisar y golpear a cuanto joven en ciclomotor o moto liviana pasaba por sus calles. Ya entonces, la pregunta que nos ahogaba era: ¿qué nos pasa? Claro, en ese momento el paro policial detenía reflexiones ulteriores, y atribuimos toda carga valorativa a la policía y en general nos tranquilizamos cuando la vimos volver al trabajo.

Pero de la que hablo no es solamente entre vecinos y delincuentes. Es también la violencia familiar, escolar, callejera que varios observadores notan en los últimos años. Sería un acto de pereza o mala fe achacar todos los actos delictivos disfrazados de legítima defensa a las campañas televisivas contra la inseguridad, que se suceden hace años, conviviendo con tasas de delincuencia urbana más baja, pues esas campañas remontan sus inicios a los fines de los años noventa, a la mano dura de Carlos Ruckauf, al “meter bala a los delincuentes” y otros argentinismos de aquellos años. Lo que nos lleva a preguntar: ¿es realmente un fenómeno de época, o es una época de sensibilidad mediática sobre el tema?

Creo que es indudable que los delitos violentos, las reacciones violentas al delito, y en general los actos de fuerza se han multiplicado. Pueden existir muchos factores objetivos en el camino: el efecto acumulado de la mediatización podría tener una incidencia menor, la falta de espacios comunes donde interactúen las distintas clases sociales es otro tópico recurrente, y la sensación de desprotección frente al delito generada por experiencias socialmente compartidas puede sin dudas sumarse a la lista. Lo mismo sucede con las cifras de desigualdad estructural, que se reproducen como segmentación residencial y construcción de alteridades negativas. Lo cierto es que somos más violentos, y no sabemos, o no tenemos claro, por qué. Todos hemos visto los videos que demuestran cómo nuestros niños se entrenan para formar parte de la sociedad golpeando en masa a los elementos más débiles de los grupos. No sólo eso, sino que además esos videos son subidos como muestra de orgullo.

Hay un salto mortal en las explicaciones sociológicas, entre el factor aducido y la consecuencia que lo sigue, que es difícil de llenar sin acudir a mediaciones culturales, a series estadísticas, a un trabajo más serio sobre las hipótesis, etc. Pero en principio, no quiero separar la violencia hacia el presunto delincuente del clima económico, del crecimiento del delito en los últimos años, ni de otras formas de violencia –verbal, física, de género, infantil- sobre las que nos hemos vuelto dolorosamente conscientes.

¿Qué rol cumple la política en este planteo? Seguramente, uno menor. Las respuestas del gobierno sobre el tema suelen concluir en el deslinde de responsabilidades hacia la corporación judicial –baste escuchar cualquier monólogo del secretario Berni, pero también de la Presidenta, frente a las cámaras: la policía detiene-detiene-detiene y la justicia libera-libera-libera. Los reclamos opositores suelen pedir con demasiada frecuencia otro trato del delito –como se ha visto en el no-debate sobre el Código Penal, esa parece ser la posición dominante en el Frente Renovador-. Pero no tratan de la misma forma la necesidad de reforma de las instituciones policiales, otro agujero negro de estos treinta años de democracia.

Con todo, no estoy inclinado a seguir una hipótesis según la cual súbitos empeoramientos del Gini, sumados a desigualdades estructurales, multiplicados por campañas mediáticas, puedan desatar, de un día para el otro y en una sociedad no demasiado deferente hacia su dirigencia política, asesinatos en masa de ladrones y carteristas. Y aunque prestaría atención al creciente clima de desborde social y la visible deserción de las fuerzas de seguridad de los territorios más delicados, soy contrario a asumir como respuesta suficiente la consecuencia lógica de señalar ese vacío –esto es, reiterar los operativos de saturación policial del espacio público e incrementar los mecanismos de respuesta rápida de las fuerzas de seguridad.

Algo más nos está pasando. Algo que debemos identificar, pues por primera vez, en el Estado y en la sociedad política surgen mensajes netamente más conciliadores que los que vienen de abajo, de la sociedad civil. Nadie en la política tiene la capacidad de convocar estos demonios del alma nacional con el mero agite de un micrófono, y por lo mismo, es dudoso que una respuesta desde las alturas sirva para conjurarlos, al menos por un tiempo.

Fuente imagen: cadena3.com

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