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Alepo: entre el comienzo del fin y la victoria pírrica

Khatchik Derghougassian
Phd en Estudios Internacionales de University of Miami

Porfesor de la Universidad de San Andrés. 

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Jue, 22-12-2016
La conclusión de la batalla de Alepo ¿es el principio de la victoria total del régimen de Bashar al-Asad o simplemente un episodio más de la guerra civil? Ninguna respuesta hoy parece mínimamente creíble sin la aclaración de otras incógnitas paralelas: la suerte de Mosul, el acercamiento turco-ruso, y la reformulación de la política estadounidense después de que Trump se instale en la Casa Blanca.

“Stalingrado” para los partidarios del régimen desde el comienzo de los enfrentamientos, “otro Srebrenica” según las palabras del Secretario de Estado John Kerry, ¿será la conclusión de la batalla de Alepo el principio de la victoria total del régimen, el incentivo para que finalmente empiecen las negociaciones para terminar con el conflicto, la demarcación de la división territorial interna de Siria? ¿O simplemente uno episodio más en la guerra civil, que seguirá con la misma furia?

Ninguna respuesta hoy parece mínimamente creíble sin la aclaración de muchas incógnitas paralelas, en particular: la suerte de Mosul, donde las fuerzas iraquíes y sus aliados hace tres meses que pasaron a la ofensiva para recapturar la ciudad en manos del Estado Islámico, o Daesh en sus siglas en árabe, y no hay novedades de un pronto desenlace; el acercamiento turco-ruso que aseguró la difícil autocontención del gobierno de Erdogan que había sido hasta entonces el gran facilitador, sino el patrocinador, del flujo de armas y combatientes islamistas a Siria y abiertamente abogaba para la caída del régimen de al-Asad; y la reformulación de la política estadounidense hacia el Medio Oriente después de que Trump se instale en la Casa Blanca en enero próximo.

No por ello se debe quitarle importancia a la captura del sector oriental de la ciudad de parte de las fuerzas del régimen. Después de todo, la “liberación” de la segunda ciudad del país fue el mayor objetivo de los insurgentes, que apenas unos meses después del comienzo de las manifestaciones en marzo de 2011 contra el gobierno de Bashar al-Asad y su brutal represión recurrieron a la lucha armada con la convicción de que no había otra vía para el cambio de sistema de gobierno. Quienes en aquel entonces empezaron la “revolución” eran en su mayoría oficiales y soldados de las fuerzas sirias que formaron el llamado Ejército Libre Sirio. La ofensiva para “liberar” Alepo empezó el 21 de julio de 2012 con el objetivo de hacer de la ciudad la capital de la “revolución”. El Ejército Libre Sirio nunca tuvo un comando centralizado, tampoco un programa político. Durante el verano boreal del mismo año, los barrios sureños y orientales de Alepo cayeron bajo el control de los rebeldes,  mientras el sector occidental que ligaba la ciudad con la Capital Damasco y el bastión alawita de Latakia quedó en las manos de las fuerzas del gobierno. Muy pronto, sin embargo, los “revolucionarios” que quisieron mostrar al mundo su éxito pero también su capacidad de administrar las zonas “liberadas” se enfrentaron con los bombardeos brutales de las fuerzas leales a al-Asad que no distinguían entre combatientes y civiles, objetivos militares y hospitales y escuelas. No lo habían hecho en la ofensiva entre febrero y marzo de 1982 bajo el comando de Hafez al-Asad, padre del actual Presidente, contra el intento de golpe de los Hermanos Musulmanes. Al mismo tiempo, los “rebeldes” vieron cómo en las zonas bajo su control la organización Yabhat al-Nusra, la filial siria de al-Qaeda, se imponía y establecía un gobierno islámico.

De hecho, en los cuatro años siguientes, de “rebeldes” y “revolucionarios” hablaba con simpatía solo una prensa occidental en su obsesión anti-Asad, aún cuando los islamistas, fieles a sus costumbres, no dudaban en exponer en Internet sus “hazañas” entre decapitaciones y otro tipo de ejecuciones en nombre de la Sharíá, la Ley Coránica, aplicada en la ciudad bajo su control. Los islamistas hicieron del secuestro y extorsión de los cristianos su principal fuente de ingreso, en adición a las generosas donaciones de países en la región que se simpatizaban con su causa. Varias veces la administración de Obama intentó entrenar y armar rebeldes seculares pero nunca logró su objetivo ya que o los grupos que mandaban no llegaban a dominar una zona e imponerse, o sus integrantes desertaban para sumarse a las formaciones islamistas, y las armas que mandaban terminaban en las manos de quienes Washington oficialmente denominaba terroristas. Entre su postura pública a favor de un cambio de régimen y el dilema de armar a “terroristas” que, además, gozaban del apoyo de los aliados de Estados Unidos como Turquía, Arabia Saudí y Qatar, la administración de Obama no supo tener claridad estratégica y se limitó a denunciar los crímenes del régimen sin realmente tener ninguna predisposición en intervenir aunque fuera por razones humanitarias…

A diferencia de Washington, a Moscú nunca le faltó claridad estratégica. Apoyó siempre al régimen para impedir su derrocamiento. Si bien no se les puede quitarles mérito a los aliados de al-Asad en la región, entre combatientes del Hezboláh,  que pararon el avance de los islamistas, milicias iraquíes shiítas y militares iraníes, fue la intervención rusa en septiembre de 2015 el factor de cambio de la suerte de la guerra civil y de la batalla de Alepo. Rusia combinó la diplomacia activa del Ministro de Relaciones Exteriores Serguei Lavrov con su libreta de contrainsurgencia escrita en las ruinas de Grozni en Chechenia y la experimentación de sistemas de armamento nuevo, como los misiles disparados contra las posiciones islamistas desde naves rusas en el Mar Caspio, para que el régimen pueda recapturar Palmira de Daesh y concentrar sus esfuerzos en Alepo. La fortuna también acompañó a Putin, que apostó a la victoria electoral de Donald Trump. O ¿acaso fue solo coincidencia que la aceleración de la gran ofensiva terrestre contra Alepo del este haya sido durante una coyuntura en la que Washington se prepara para traspaso del poder?

¿Cuánto apoyo popular goza el gobierno de al-Asad en un país dividido? La pregunta cobra importancia a la hora de decidir el futuro del régimen y del país, sabiendo que son muchísimos aquellos que sobrevivieron la ofensiva y fueron evacuados al haber perdido toda su posesión y a menudo familiares víctimas de los bombardeos del gobiernos. El dato es importante considerando que desde el inicio de las movilizaciones contra el régimen en 2011 por grupos defensores de Derechos Humanos, la iniciativa de militantes islamistas de sectarizar la movida y llevarlo a un plano de enfrentamiento entre la mayoría sunni y la minoría alawi tuvo un éxito considerable por la casi monopolozación de la lucha armada que al-Nusra, Daesh y otras agrupaciones del Islam radical lograron imponer.

Es relevante también en el apoyo masivo de los cristianos, que temían lo peor con una victoria islamista, es decir nada menos que la erradicación de la presencia cristiana milenaria en el territorio donde nació la identificación cristiana para los seguidores de Jesús el Nazareno. Y el de las milicias alawi armadas y auspiciadas por el régimen. Tampoco es menor el alineamiento de un amplio sector de los sunni, entre empresarios, profesionales y clase media en general con al-Asad. No solo porque las alianzas en el sistema de gobierno autoritario del Ba’as son mucho más complejas que la simplificación de la lógica de rivalidades sectarias, sino también porque de la relativa apertura económica de Bashar al-Asad aprovecharon vastos sectores cuyo nivel de vida y perspectiva de mejoramiento de su bienestar aumentó considerablemente, aun cuando a esta liberalización nunca le faltó la corrupción inherente a los círculos más cercanos del poder. Es cierto que la pequeña liberalización política no fue nada a la altura de las expectativas de los intelectuales y defensores de Derechos Humanos, que quisieron replicar las movilizaciones tunecinas y egipcias en Siria, pero debería llamarles la atención su fracaso inicial, en enero de 2011, de organizar una marcha, y la demora considerable de las primeras manifestaciones en marzo. Luego el régimen actuó con la libreta de represión que conocía bien, y el círculo vicioso de represión/reacción escaló el conflicto hacia la guerra civil. Pero a diferencia de Túnez o Egipto, la clase media siria en 2011 tenía menos motivos socio-económicos para salir a protestar.

En Alepo, precisamente, el sector oriental que controlaban los “rebeldes” lo formaban los barrios donde se habían instalado gente del campo, emigrantes del interior de la clase baja en búsqueda de mejores oportunidades de empleo. La clase media y la elite burguesa empresarial, habitantes por generaciones de una ciudad que amaban y con la cual se identificaban absolutamente, habitaba la zona occidental. Son estos últimos que vieron cómo los “rebeldes” además de erradicar toda la especificidad cultural de una ciudad milenaria y vanguardista en el movimiento del renacimiento árabe del siglo XIX, al-Nahda, también permitían el desmantelamiento de toda la infraestructura industrial emergente y el traslado de las fábricas a Turquía. Se entiende, entonces, la lógica elemental de esta clase que celebró la victoria del régimen en la batalla de Alepo: “con al-Asad estamos mejor”.

Nada, evidentemente, supone que esto vaya a ser así. En la lógica de suma cero de estos conflictos la derrota de los “rebeldes”, entiéndase de los seguidores de al-Qaeda cuyo último esfuerzo de ganar la simpatía del mundo había sido cambiar su nombre de al-Nusra muy asociado a la organización fundada por Osama Bin Laden, va a ser aprovechada por su rival, Daesh, en esta competencia sangrienta de liderar la Yihad, guerra santa, en el ámbito local, regional y global. Daesh probablemente reclutará más, abrirá sus filas a aquellos combatientes que lograron sobrevivir la derrota en Alepo, y reforzará sus posiciones en los territorios bajo el dominio del Estado Islámico. Después de todo, Raqa en Siria sigue siendo la capital del autoproclamado califato y Mosul en Irak sigue resistiendo a la ofensiva del ejército iraquí y de los Peshmerga kurdos apoyados por las Fuerzas Especiales estadounidenses… 

La batalla de Alepo no parece ser aún la batalla por Siria.    

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