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A 50 años de la guerra que cambió la arqueología del Medio Oriente

Juan Manuel Tebes
Centro de Estudios de Historia del Antiguo Oriente (UCA)

Historiador. Docente (UBA). Investigador del CONICET.

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Mié, 14-06-2017
Se cumplen 50 años de la Guerra de los Seis Días y mucho se ha hablado sobre el conflicto que cambió completamente el balance de poder político-militar en el Medio Oriente. Poco se habla, sin embargo, sobre la importancia que tuvo la guerra en el desarrollo de la arqueología local y en su intensa imbricación con el conflicto árabe-israelí.  

 Foto: Trabajos de limpieza frente al Muro de los Lamentos, Jerusalén, luego de la demolición del barrio marroquí, Julio de 1967.

La guerra obligó a la cancelación momentánea de las excavaciones en Israel y Cisjordania, pero afectó relativamente poco el patrimonio histórico y arqueológico, algo extraordinario dado que la lucha se llevó a cabo en una de las áreas con mayor densidad de sitios y monumentos antiguos del mundo. A diferencia de la catástrofe que está ocurriendo actualmente con las antigüedades en Siria, Irak y Yemen, los sitios históricos y museos de 1967 – salvo excepciones como el Museo Arqueológico Palestino en Jerusalén (hoy Museo Rockefeller) – no sufrieron grandes daños, ni ninguno de los bandos destruyó deliberadamente monumentos antiguos.

Fue luego de la guerra cuando ocurrieron hechos que afectaron negativamente el patrimonio histórico local. El más importante fue la demolición de la mayor parte del barrio marroquí de Jerusalén, que lindaba con el Muro de los Lamentos, para crear la actual plaza dedicada a los rezos. Entre los edificios destruidos estaba, por ejemplo, la mezquita Sheikh Eid, de la época de las Cruzadas. (El barrio judío adyacente había sufrido similar destrucción durante la administración jordana desde 1948).Otro fenómeno recurrente fueron las excavaciones ilegales, el saqueo y la venta de antigüedades, todas actividades que afloran en momentos de conflictos y desorden. Un caso de excepción fue el de Moshe Dayan, quien debido a su status de héroe de guerra en Israel nunca tuvo problemas en acumular en el jardín de su casa – y exhibir con satisfacción – una gran cantidad de objetos históricos adquiridos ilegalmente. 

La guerra dio impulso decisivo a procesos que ya se venían dando en la arqueología israelí, como su popularización, la afirmación de su componente nacionalista – fenómeno común a las arqueologías nacionales del Medio Oriente de esa época – y la adopción de teorías y métodos más “científicos”.  

Como consecuencia de la guerra, los arqueólogos israelíes tuvieron por primera vez acceso a las regiones anteriormente vedadas de la Península del Sinaí – ocupada temporalmente en 1956-7 –, la Franja de Gaza, las Alturas del Golán, y especialmente Jerusalén oriental y Cisjordania. En Cisjordania y el Golán inmediatamente comenzaron a realizarse prospecciones arqueológicas para registrar la mayor cantidad de sitios arqueológicos posibles. Las primeras prospecciones, llamadas de “emergencia” porque se creía que estas zonas serían devueltas rápidamente a Jordania y Siria, fueron seguidas desde finales de los años 70 por prospecciones y excavaciones llevadas a cabo por la universidades israelíes, una vez que estuvo claro que la presencia israelí no sería efímera. La arqueología israelí en Cisjordania, que está formalmente bajo la jurisdicción de la Administración civil de Judea y Samaria y no de la Autoridad de antigüedades, ha sido objeto de muchas críticas, especialmente por quienes sostienen que no se ajusta a la Convención de La Haya sobre patrimonio cultural. Desde un punto de vista exclusivamente científico, la arqueología israelí se lleva a cabo con estándares internacionales, y ha de hecho cambiado por completo el conocimiento sobre las distintas fases de ocupación humana en la región montañosa central de Palestina. En un giro irónico de la historia, es precisamente en esta zona en la cual habita la mayor parte de la población palestina donde es posible encontrar las evidencias arqueológicas de las primeras poblaciones israelitas antiguas. La información proporcionada por estas prospecciones impulsó nuevas teorías sobre los israelitas, algunas de ellas consideradas muy controvertidas en su momento, como la de su origen en la población cananea local (actualmente aceptada por gran parte de la comunidad científica).

La joya de las conquistas israelíes de 1967 fue la parte oriental de Jerusalén, que albergaba la ciudad antigua junto con sus magníficos sitios históricos. El lugar sagrado más importante para las convicciones religiosas judías y musulmanes es el Monte del Templo o Haram esh-Sharif, la gran explanada donde actualmente se ubican el Domo de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa, pero donde, según la tradición y los arqueólogos, se encontraban ubicados los dos templos judíos de la antigüedad. A pesar de muchas presiones, el mismo Dayan cedió la administración de la explanada al Waqf islámico, cerrando de hecho la posibilidad de cualquier excavación arqueológica en este sitio de inmenso valor histórico, por lo que las excavaciones israelíes se concentraron en sus alrededores. Éstas han desenterrado extraordinarias evidencias de la larga historia de Jerusalén, muy especialmente de las últimas fases de la monarquía judaica antigua. Sin embargo, no estuvieron ni están exentas de controversias, dada su inclinación por reforzar la conexión judía con Jerusalén y su asociación con organizaciones no-estatales israelíes como Elad. Las polémicas también alcanzan al Waqf que administra el Monte del Templo, que ha realizado durante los últimos años trabajos de construcción en la explanada que, según las críticas, están removiendo y dañando objetos arqueológicos de la época de los templos judíos sin ningún tipo de control científico.

La arqueología palestina se desarrolló, comparativamente, mucho más tarde, luego de casi veinte años de administración jordana y el shock sufrido por la derrota de 1967 y la presencia israelí subsiguiente. Luego de los Acuerdos de Oslo, en el año 1994 se creó un Departamento de antigüedades palestino, que desde ese momento lucha con escasos recursos por realizar excavaciones arqueológicas en cooperación con universidades extranjeras y gestionar los sitios arqueológicos bajo su poder.

En resumen, aunque la Guerra de los Seis Días no constituyó en sí misma una amenaza directa para el patrimonio arqueológico de las zonas en disputa, sí abrió una caja de pandora de conflictos posteriores sobre su control y sobre la interpretación de la historia antigua, al mismo tiempo marcando el camino para la investigación arqueológica de una de las tierras más importantes para las tres religiones monoteístas.    

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