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Premiar a Dylan

Damián Tullio
Trabaja con palabras

Damián Tullio nació en Lanús en 1985. Estudió Letras en la UBA. Publicó la nouvelle Algo que nunca le conté a nadie (Tenemos las Máquinas, 2013). 

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Sáb, 15-10-2016

El Premio Nobel de Literatura suele entregarse el primer o segundo jueves de octubre, la misma semana que el resto de los premios. Ocasionalmente, sin embargo, puede postergarse y entregarse una semana después de los demás galardones. Eso sucedió este año. La explicación de por qué puede pasar es misteriosa, como casi todo en el proceso de la deliberación del Nobel. Per Wästberg, uno de los miembros de la Academia Sueca, explicó que se trataba de un problema de agenda, algo “puramente matemático”, según dijo. Por estatuto, los miembros de la Academia deben tener cuatro reuniones finales previas al anuncio del premio, empezando el anteúltimo jueves de septiembre; el argumento de Wästberg fue que este año ese penúltimo jueves llegó especialmente tarde, demorándolo todo. La otra hipótesis de por qué pudo demorarse la Academia en elegir un ganador es menos aritmética, pero bastante razonable, aunque el mismo Wästberg se ocupó de negarlo: a veces, la Academia tiene problemas para llegar a un consenso mayoritario sobre a quién darle el premio. Esa demora puede implicar el inminente anuncio de un ganador sorpresivo y polémico. 

A decir verdad, no para todo el mundo fue una sorpresa que entregaran el premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Los que seguimos las innumerables versiones, chismes y hasta los rankings de las apuestas alrededor del premio sabemos que hace años que el nombre del músico circula como uno de los posibles ganadores. Aunque tengo que confesar que habría apostado mi casa a que nunca jamás iban a dárselo. El nombre de Dylan funcionaba casi como un chiste burlón y una especie de afrenta al prestigio canónico y el tufillo senil que representó la Academia Sueca en las últimas décadas. El gesto de darle el premio (pretendidamente) más importante de la literatura mundial a un músico de rock intrigaba a muchos y les ponía los pelos de punta a otro tanto. No hay mucho más que pueda decir del talento y el trabajo de Dylan que lo mucho y muy bueno que ya se escribió y va a escribirse durante estos días. Más interesante sería hablar de la polémica que generó que finalmente se lo dieran. 

En su testamento, Alfred Nobel pidió que el premio literario que llevaría su nombre fuera otorgado “a la persona que haya producido la obra más destacable en el campo de la literatura en una dirección ideal”. No tengo idea de cómo podrá haber sido interpretado este pedido en la década del 1900, pero sí puedo decir que, leída hoy, parece provocadoramente ambigua. El premio a Dylan reflotó algunas preguntas que la gran mayoría de las personas dejaron de hacerse. Cuando le conté el jueves a la mañana a mi madre que Bob Dylan había ganado el premio su primera reacción fue preguntarme: “Pero, ¿cómo? ¿Ese no era músico?”. En esa pregunta descansa gran parte del sentido común que tenemos sobre qué cosa es la literatura. (Para mi madre, al parecer, todo lo que esté entre dos tapas de un libro). Ese sentido común es el que dejó de lado las preguntas que ahora estaría bien volver a hacerse: ¿qué es la literatura? O, mejor: ¿a qué cosas podemos decirle literatura? Y una todavía más apremiante: ¿qué es un escritor? 

Para vivir en una era donde la información circula repartida en tuits y posts, donde bibliotecas enteras entran en un aparatito negro y horas de música eternas se pueden reproducir desde una app cualunque, seguimos teniendo, al menos popularmente, una idea bastante acotada de lo que es la literatura. Es la misma idea que espanta cada vez a más lectores que se volcaron a las redes sociales, a las series, y a los posts cortitos y al pie para satisfacer sus horas de entretenimiento. Pero, entonces: la obra de Bob Dylan es literatura ¿sí o no? Estoy seguro de que se puede encontrar toda una biblioteca de teoría estética bregando por la especificidad de lo literario que diría que de ninguna manera, y toda otra con un criterio amplio (que cite a los aedos homéricos que cantaban un relato popular que no estaba escrito en ninguna parte) diciendo que absolutamente sí. Como verán, hay discusión para rato. 

Hace años que el premio Nobel surca una especie de descrédito. Quizás por su inevitable tendencia canonizante y uniformadora, quizás porque la idea de una opinión autorizada sobre algún tema suena cada vez más difícil de asir o porque sencillamente, para nuestro estado de cosas, entrar siquiera en la obra completa de un autor suena como un trabajo titánico, impensable. Parece soñado trabajar en la Academia Sueca y deliberar sobre autores y libros cafecito mediante. De haber premiado a un autor consagrado, de indudable mérito —Philip Roth, pongamos— muchos habríamos asentido con la cabeza, escrito alguna cosa con entusiasmo y nos habríamos olvidado del asunto como si hubiéramos tachado una tarea pendiente de una lista. No debe sentirse lindo ser ignorado cuando uno está acostumbrado a catapultar autores al mayor de los prestigios. Premiar a Dylan es digno de esta institución acostumbrada a llamar la atención con sus veredictos. Es un gesto que juega a dos puntas: por un lado, busca revitalizar la imagen de la Academia Sueca como el árbitro privilegiado de un canon literario de miles de años de historia que a su vez puede reordenarse y actualizarse a gusto de la Academia; por el otro, busca hablarle a un público creciente que ya no se siente interpelado por el ritmo cansino del idioma de los libros y ofrece la imagen de una Academia aggiornada y atenta a lo nuevo. Aún si eso “nuevo” es un cantautor de 75 años.

Después de anunciar el ganador de este año, Sara Danius, la secretaria permanente de la Academia Sueca desde 2015, ofreció una entrevista exclusiva para el canal de YouTube de la Fundación Nobel que ya no se encuentra, porque fue editada. La primera pregunta del periodista fue algo abrupta: “Sra. Danius: ¿por qué galardonaron a Bob Dylan con el Premio Nobel de Literatura? ¿Realmente cree que lo merece?”. La cara de Danius se deformó un instante y cuando recuperó la compostura respondió: “¿Si se lo merece? Pero por supuesto que se lo merece. ¡Si acabamos de otorgárselo!”.-

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