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¿Taxi?

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Jue, 27-04-2017

A pocos minutos de aterrizar con el vuelo 993 de LAN que une Río Gallegos con las islas Malvinas, por el altavoz ofrecen una señal de que las cosas en el aeropuerto de destino no seguirán la lógica tradicional de aeropuerto: “Les recordamos que en las instalaciones de Mount Pleasant está terminantemente prohibido sacar fotos”.

Es que, en realidad, los 180 pasajeros que llegan a las islas (38 argentinos en este caso en particular) en el único avión que toca tierra cada semana (un vuelo que sale de Santiago en Chile, para en Punta Arenas, toca Río Gallegos ya en la Argentina casi como sin querer y termina aquí) no están llegando a un aeropuerto, sino a una base militar. Una enorme y por el momento innecesaria base militar, con un número de personal que es confidencial pero que todos en Stanley, la ciudad más grande de las islas, que alberga 2.100 de los 2.500 habitantes totales que tiene el territorio, estiman en unos 1.000 efectivos. Es decir, un militar cada dos habitantes y medio.

Algunas situaciones previas me habían puesto en alerta de que las cosas no serían estándares. Por ejemplo, en mi boarding pass emitido por LAN dice claramente “Mount Pleasant” en el punto donde suele estar indicado el destino. Sin embargo, en las pantallas del aeropuerto, operado por Aeropuertos Argentina 2000, se lee “Puerto Argentino”. Porque la soberanía se pelea en todos lados. Por otra parte, entre mis compañeros de viaje hay un par de excombatientes ataviados con remeras alusivas.

Por lo tanto, no fue una sorpresa cuando salí de las instalaciones del aeropuerto y me enteré de que no era posible tomar un taxi por la sencilla razón de que los taxis no llegan hasta allí. Una diligente empleada del lugar puso cara de horror cuando le dije que no tenía pre-arreglado ningún servicio de transporte para llegar al centro. Pero rápidamente convirtió su pánico en acción y salió rauda a preguntar a uno por uno de los operadores turísticos presentes si tenían algún hueco en sus vehículos.

La suerte estuvo de mi lado: Adrian Lowe, un hombre con aspecto de no haberse vuelto a cambiar de ropa desde Woodstock (y con aroma de no haberse bañado desde entonces, también) tenía disponible la parte trasera de su Land Rover. Recién cuando me bajé en el hotel y me dio su tarjeta, me enteré de que estaba nada menos que frente al dueño de Kidney Cove Tours, uno de los prestadores turísticos más prestigiosos de las islas. Subí a mi habitación en The Waterfront pensando en cuántas otras cosas que no había planificado en Buenos Aires me iban a faltar en los días subsiguientes.

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