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República de Kugelmugel

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Sáb, 18-04-2015

La República de Kugelmugel declaró su independencia en 1984. Con eso solo, ya puede exponer su “chapa”: tiene más trayectoria en las lides de la autonomía que las Namibia o Eritrea. Incluso, considerando la Guerra Fría y las uniones arbitrarias de naciones europeas que ésta produjo, es más veterana que las versiones modernas de Croacia, Rusia, Eslovaquia, Armenia y su treintena de similares.

Limita al norte con una montaña rusa, al este con un planetario y al oeste con un kiosco de esos que tienen toldo de lona blanca y roja a rayas en el que venden unos panchos deliciosos. Esta peculiar situación geográfica se debe a que la república completa, que ocupa una decena de metros cuadrados, está ubicada en pleno Prater, en Viena, el que es considerado como el parque de atracciones más antiguo del mundo, en el que permanentemente suena música clásica de fondo (como si el visitante estuviera viviendo dentro de su propia película), cuya estética remite al Italpark en las etapas previas al cierre y en cuyos baños se leen poesías como: “Si tenés el pito demasiado chico como para encontrarlo, hacé pis sentado como la nena que sos”.

La convivencia entre la República de Kugelmugel y su vecina omnipresente, Austria, parece pacífica. De hecho, Kugelmugel completa no es otra cosa que una casa esférica de dos metros de diámetro (y que saque el lector los cálculos para verificar de cuántos metros cuadrados reales se trata, en particular el lector que tenga un doctorado en matemáticas), domiciliada en la Plaza Antifachista (Antifaschismusplatz, para usar el nombre original), más concretamente en el número uno (no hallé por ninguna parte el número 2, ni el 3, ni ningún otro). Sin embargo, no siempre fue así: ambas naciones, con una cercanía tal que una abraza a la otra, vivieron a lo largo de la historia momentos de alta tensión. Tal vez por eso aún hoy, cuando se viven tiempos de paz, un alambre de púas rodea todo el perímetro del más pequeño de los dos países.

Todo comenzó cuando el prócer de Kugelmugel, Edwin Lipburger, no era otra cosa que un artista austríaco. Decidió, un día de 1971, que quería construir una casa esférica en Katzeldorf, una localidad a menos de 70 kilómetros de la capital de su entonces país natal.

La iniciativa llegó a los medios gráficos. El periódico Niederösterreichische Nachrichten, al que un genio del marketing redenominó NÖN para introducirlo en la era de internet, publicó el caso en su edición del 3 de noviembre de ese año.

El hombre puso manos a la obra y construyó su balón habitacional, en compañía de otros artistas que se acercaron voluntariamente a colaborar con el proyecto. Y le puso ya en ese momento inicial de la patria, Kugelmugel (aunque el mencionado periódico publica en su artículo, erróneamente, el nombre Kugelhaus). “Kugel” es pelota en alemán. “Mugel”, loma o montículo. O sea, la loma de la bola, una especie de loma del culo pero para un público más refinado. Lo que Lipburger no había calculado fue que las autoridades catastrales de Katzeldorf jamás considerarían una casa algo redondo, considerando que los funcionarios locales solían asociar las viviendas con formas más cercanas al cuadrado y al rectángulo. Los planos de la casa esférica fueron rechazados en la municipalidad y se ordenó su demolición. Entre apelaciones, marchas y contramarchas, se hizo 1976.

Edwin, para esta fecha, ya estaba invadido por un enojo apacible. No se puede estar furioso durante cinco años seguidos. Trazó límites a su propiedad y comenzó a desconocer la autoridad del municipio de Katzeldorf. Algo que no hubiese pasado de una simple rabieta de no ser porque Lipburger dejó de pagar sus impuestos. Los funcionarios austriacos dejaron de llamarlo “el loquito de la casa redonda” y comenzaron a denominarlo “el imputado por estafa al fisco”, un delito que se penó, en un tribunal austriaco (lo que, en la dimensión Lipburger, debe haber sido el primer conflicto internacional de su república), con un par de meses de prisión no efectiva.

Nuevamente las leyendas acuden a completar los agujeros históricos. Una de ellas cuenta que el socialdemócrata Rudolf Kirchschläger, presidente austriaco entre 1974 y 1986, dictó una especie de amnistía y decidió que, en lugar de demolerla, era posible trasladar Kugelmugel a Viena. Y así lo hizo, aunque el gesto de emplazarla en medio de un parque de diversiones bien puede ser considerado como una de las máximas ironías en la historia de la diplomacia internacional.

Lipburger creó una bandera con su propio rostro sobre una franja roja entre otras dos blancas, se autoproclamó presidente (de todas formas, si hubiera hecho elecciones libres, hubiese ganado por 1 a 0 ante su principal opositor: nadie), comenzó a emitir pasaportes (al día de la fecha, hay un par de centenas de habitantes de República de Kugelmugel, con un récord estrambótico: el 100% de ellos, menos uno, es decir, Lipburger, vive fuera de los límites del país) y hasta montó una embajada en… Viena. Dicen que en esos días de efervescencia, Lipburger le declaró formalmente la guerra a Austria.

En la calle, se lee algo así como: “Este lugar está dedicado al gran líder de la revolución  democrática EDWIN LIPBURGER, que con esta iniciativa fue capaz de suprimir la vieja moral y combatir y eliminar todas las formas de corrupción, independientemente de las máscaras que tengan puestas”. La sensación de que haya sido el propio Lipburger el autor del texto da un poco de escalofríos al visitante.

Difícilmente hoy haya alguien que recorra el Prater y no se dé una vuelta para visitar la República de Kugelmugel. Quienes quieran ahondar un poco más, conocer el interior de la propiedad y charlar unos minutos con Lipburger padre, que es ya un anciano (nació en 1928) y de cuya muerte, me temo, no nos vamos a enterar, deberán ponerse en la piel del artista ex austriaco y pensar qué hubiera hecho él. Así, llegarán a la conclusión que lo mejor será aparecer en horarios extravagantes (como en plena madrugada) para poder ser atendidos.

República de Kugelmugel lleva unos 30 años ininterrumpidos de estabilidad política y económica. Tiene un bajísimo porcentaje de desocupación (casi me atrevería a decir que nulo) y, en los momentos en los que a Lipburger le fue bien vendiendo su obra, un PBI de los más altos de todo el mundo. Sin embargo, en el concierto de las naciones, la casa redonda tuvo el irónico destino de tocar, para siempre, el triángulo.

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