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Playa Bristol, te prefiero en sepia

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Sáb, 17-12-2016

Se me ocurrió bajar a ver cómo estaba la playa Bristol, la más central y populosa (junto con la Popular, precisamente). No era un capricho menor: sobre esas arenas pasé toda mi infancia. Mis padres no concebían la posibilidad de viajar a ningún lugar que no fuera La Feliz, con lo cual hasta que mis valijas lograron la independencia, Mar del Plata fue mi único destino. La miopía turística era tal que ni siquiera puedo decir que conocí Mar del Plata: ni siquiera íbamos a Punta Mogotes, a Playa Grande, a La Perla o a la gruta de Lourdes. Los días transcurrían pura y exclusivamente en la Bristol.

No soy partidario del “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero prefiero la Bristol en mis recuerdos color sepia antes que la postal decadente con la que me encontré. Desde la Rambla sólo se ven unos paredones de listones de madera horribles y desprolijos que fueron puesto por los balnearios (asumo que para que no les violen la propiedad concesionada) y que tapan la vista al mar, niegan la playa que podrían utilizar para tentar a sus potenciales clientes. 

A la playa se accede por unos pasillos públicos rodeados de esas mismas maderas espantosas y luego de unos cuantos minutos, que se estiran debido a las insistentes detenciones que provocan los vendedores ambulantes, persistentes y cariñosos. 

Las arenas están ennegrecidas, como si hubiesen recibido un baldazo de petróleo o como si hubiesen quedado percurdidas por los siglos de roña que las transitaron. De hecho, la proporción es, siendo generoso, 50% arena y 50% mugre. Existen algunos soñadores individuales, como la señora que pasa juntando las tapitas de gaseosas y las guarda en una bolsa, o como el treintañero padre de gemelas bebé que enrolla una ristra de papel higiénico que desfila ante sus ojos y la apoya debajo del cochecito para que no vuelva a volarse. Pero no alcanzan para balancear con los cientos de personas dispuestas a tirar su basura en ese tacho al aire libre.

Hasta la biología parece confundida: la ola, que otrora dejaba un tendal de caracoles de un tono que se debatía entre el rosa y el violeta, hoy deja una línea de espuma repleta de vaquitas de San Antonio. 

Para darle otra perspectiva a la nostalgia, decido caminar hacia la escollera. La desando completa y llego hasta la punta, donde me distraigo con el ir y venir de las olas. Un muchacho con una tabla de surf se para a mi lado y luego de hacer unos cálculos matemático-navales a ojo, se tira en busca de la aventura. Me quita de la ensoñación en la que me había sumergido. Comienzo a caminar para volver a la playa y me cruzo con el bañero que trae alzado un panel que coloca a la mitad de la escollera: “Peligro – no pasar – no comprometa al bañero”. Detrás del cartel, en la zona vedada, quedaban unas cuantas personas que llegaron antes que la prohibición. Pienso que lo que acaba de ocurrir se constituye en la mejor forma de explicar la degradación de la Bristol. Tal vez, al igual que el bañero, nadie fue capaz de advertir el problema antes de que ocurra.

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