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Pirata al volante

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Mar, 30-05-2017

Julio nació en Punta Arenas, Chile, y se mire por donde se lo mire es un marino. No importa que lleve algunos años en tierra, todas sus historias remiten al mar. Hoy se dedica a atender turistas en las islas Malvinas y, en simultáneo, a la seguridad aeroportuaria (nadie tiene un solo trabajo por aquí).

De todo lo que cuenta de sus años de pescador, lo más terrible es lo que él denomina “su época de pirata”. Julio se embarcó por primera vez como tripulante de a bordo en un pesquero en 1995, con destino, precisamente, hacia las islas. Hasta 1997 estuvo yendo y viniendo entre las Falkland y su tierra natal, atrapando calamares, hasta que recibió una oferta que no pudo rechazar: dirigirse al Índico tras la merluza negra, un lucrativo negocio que le permitía recibir mucho más dinero.

En las inmediaciones de las costas africanas, la tentación pudo más que la razón y, con el sueldo triplicado respecto de la propuesta legal, se subió a un barco sin licencia de pesca: un buque pirata. Así, surcaban las aguas siempre pendientes de la aparición de alguna patrulla, con datos fidedignos brindados por informantes de las autoridades de cada puerto sobre dónde se hacían los controles cada día.

En una de esas jornadas, recibieron un may day de un colega pirata. Se acercaron a asistirlo, vieron a los marineros en el agua a punto de ahogarse y, en el preciso instante en que iban a brindar asistencia, debieron salir corriendo: las patrulleras llegaban a la zona a toda velocidad. “Le insistimos al capitán para que nos dejase ayudar, es el primer código del mar, pero no hubo caso”.

El incidente fue la señal de alarma: el grupo de chilenos que operaba en el barco de Julio se reunió frente a su capitán y le pidió ser dado de baja. Tuvieron una contraoferta: una última campaña de un mes. Pasados los treinta días, todos quedaban libres para volver a Chile. Aceptaron: una campaña más implicaba mucho dinero extra.

Pero al modo cinematográfico, ese “no saber parar” tuvo su castigo. El 25 de diciembre, un helicóptero militar francés se apoyó sobre la popa del barco. Nadie atinó a moverse. Apenas 25 minutos después, una patrullera del mismo país, con 100 hombres a bordo, tomaba la embarcación.

Los llevaron a la Isla Reunión, donde estuvieron detenidos unos cuantos días. Todos los marineros declararon lo mismo: “Dijimos que no teníamos un GPS y que los papeles falsificados que nos mostraban para nosotros estaban en regla, por lo que toda la responsabilidad recayó sobre el capitán, que quedó preso”, cuenta Julio.

Gracias a las gestiones del embajador en un país cercano, tal vez Madagascar, pudieron regresar a Chile. “El trago amargo fue que en el mismo vuelo volvieron los cuerpos de los compañeros del naufragio que no pudimos asistir”, relata Julio.

La ironía de la vida: poco tiempo después, Julio consiguió el trabajo que lo puso del otro lado del mostrador. Durante ocho años trabajó como mozo de a bordo en la patrullera que controlaba que no hubiera buques ilegales en los alrededores de las Malvinas.

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