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Los terroristas viajan en turista

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Sáb, 21-03-2015

Todos los elementos tortuosos relacionados con viajar comenzaron a vivir su momento de apogeo a partir del 11 de septiembre de 2001. Ese día, atentado al World Trade Center neoyorquino mediante, los servicios de seguridad aeroportuaria de todo el mundo se dieron por vencidos en materia de prevención y prefirieron, en lugar de tener la obligación de detectar asesinos entre los pasajeros e impedirles volar, declarar culpables de terrorismo potencial a todas aquellas personas que se suben a un avión en cualquier lugar del mundo.

Desde entonces, atravesar el área de seguridad es un completo acto de humillación. Uno debe quitarse los zapatos, sacarse el cinturón (aquellos que de verdad lo necesitan, como consecuencia, atravesarán los controles sosteniendo lo que les quede de pudor con una mano, mientras con la otra tratan de llevar sus pertenencias), dejar todas las cosas metálicas de los bolsillos en una especie de canastita plástica, sacar los dispositivos electrónicos de su mochila y, a su vez, extraer cada uno de ellos de su funda. Las madres deben hacer atravesar a sus pequeños potenciales miembros de Al-Qaeda a como dé lugar (en general, los niños hacen fuertes berrinches ante la autoridad, lo que los convierte aún más en potenciales terroristas y llena de terror a sus progenitores) y, al mismo tiempo, plegar el cochecito y hacerlo pasar por el mismo escáner por el que va el resto de las cosas. En los aeropuertos más cercanos a las fantasías orwellianas, hay que pararse delante de una máquina en posición Hombre de Vitruvio de Da Vinci y exponer hasta lo más íntimo a los ojos de la policía del aire.

Si esta gente detecta que en el bolso de mano uno lleva agujas de coser, tijeritas para cortar las uñas, leche, dentífrico o agua mineral, el trato empeora. Se sabe que desde la trágica fecha del atentado, cualquiera que intente transportar líquidos o geles al interior de un avión es porque algo malo se trae entre manos.

Del otro lado del escáner, comienza la segunda parte de la peripecia. Hay que volver a recomponerse en tiempo récord: cinturón, zapatos, monedas en el bolsillo, computadora en su funda y en la mochila. Si uno demora más de diez segundos en hacer eso, el policía a cargo lo mira con cara de odio, como si uno fuera un stripper que se desvistió allí por cuenta propia y no porque ese mismo señor lo obligó minutos antes.

Ya en migraciones, los que portamos anteojos, aún los de marco fino y que claramente son de aumento, es decir, no de sol, habíamos pasado por un primer momento de desnudez: la de quitárnoslos y sentir cómo el mundo se nos hacía algo distante. En este punto, quiero denunciar un importante acto de discriminación: a los señores que pasan con obvios y llamativos peluquines los dejan pasar sin más, no se los obliga a mostrarse tal como son.

Todo esto para llegar al avión y descubrir que, en business, sirven la comida… con cuchillos de metal. No sólo eso: también aportan vasos de vidrio, tienen perchas bien filosas para colgar los sobretodos de viajeros adinerados y muchos otros elementos ideales para cometer un atentado a 33.000 pies de altura.

Por suerte, nuestros queridos terroristas no se habrían dado cuenta de estas facilidades homicidas a bordo y siguen viajando con sus explosivos enrollados al cuerpo, en la parte de atrás del avión. No les digamos nada. No obstante, tal vez sea una estrategia por parte de sus astutos cabecillas. Se sabe que después de quince horas de incomodidad, mala alimentación y escaso sueño, uno tiene muchas más ganas de inmolarse.

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