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La relatividad de lo genuino

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Jue, 20-07-2017

“Tengo el corazón contento / el corazón contento / lleno de alegría”. Si bien es cierto que las experiencias genuinas de viajes escasean al mismo nivel que todos esos bichitos en peligro de extinción que continuamente nos pone National Geographic en pantalla para hacernos sufrir, esto me pareció demasiado. Había hecho los alrededor de 100 kilómetros que separan Quito de Otavalo porque en esta última ciudad, me habían dicho, se ubicaba “el mayor mercado artesanal indígena de América Latina”.

Patricio, exjefe de Filatelia del correo ecuatoriano devenido en guía turístico, había exagerado: “va a ver cómo todas las personas están ataviadas a la usanza de los otavalos”. Mateo, un veinteañero que me había asistido un día antes en la Capilla del Hombre, el museo armado en vida por el artista quiteño Oswaldo Guayasamín y hoy dedicado a su obra y su memoria, me había insuflado más entusiasmo: “no va a encontrar en Ecuador un paseo más auténtico”. Ramiro, con quien viajé hasta la ciudad Mitad del Mundo el día anterior al de Mateo, se ocupó de sembrar su semilla: “es un verdadero ejercicio de inmersión cultural”.

La parada fisiológica-obligatoria en el minúsculo poblado de Santa Rosa de Pingulmi resultó auspiciosa: en la puerta de los baños de la PetroEcuador de la ruta el visitante puede distinguir el de damas del de caballeros gracias a las figuras artesanales indígenas que penden de cada una de las puertas. “Vaya que se lo toman en serio por aquí”, me dije, satisfecho. El cartel en la entrada al pueblo de Otavalo me regaló otra luz de esperanza: “Cooperativa de Crédito Esencia Indígena”.

Tal vez por todo esto, escuchar las estrofas de Palito Ortega en el mismo instante en que me bajé del auto fue como recibir un cachetazo. Mis aspiraciones de conseguir una experiencia típicamente ecuatoriana comenzaban a quedar sepultadas debajo del estribillo pegadizo de un cantautor argentino. Enseguida me relajé: hombres con trenzas, sombreros de fieltro de ala ancha, sandalias de tela, camisas de algodón y poncho azul; mujeres con chales anudados en la frente y blusas blancas bordadas, con dos faldas, una sobre otra, y cintos artesanales. Los niños visten igual, pero en miniatura. De verdad había llegado al universo de los otavalos.

El tamaño del “mayor mercado” me dejó algunas dudas, es cierto: el predio mide apenas un par de manzanas. Pero estaba rodeado de color, de ponchos, de blusas, de máscaras de Inti Raymi, de hamacas, de camisas bordadas a mano, de sombreros tipo Panamá… En el ánimo de hacer sentir cómodo al visitante, los vendedores logran el efecto contrario. “¿Le gusta eso? ¡Ya se lo bajo y se lo muestro!”, dice la dependiente de uno de los locales en un tono muy dulce. Y a uno, que había mirado de reojo el producto por el que ni siquiera estaba interesado, se le tensan los músculos.

Da la sensación de que la mayoría de los que trabajan son las mujeres que, al mismo tiempo, cargan a los niños. Los hombres se agrupan alrededor de mesas de parqués: un juego similar al ludo, con dados y fichas, que por aquí es pasión de multitudes, aunque sería originario de Colombia. Dos niños se corretean a plena risa. Un tercero, que no tiene más de un año y medio, roe un hueso con carne de un plato de sopa.

Estaba dispuesto a olvidar la canción de Palito Ortega para entregarme de nuevo a esta inmersión cultural ajena a la globalización, cuando llegó ella. No tenía más de nueve años, estaba vestida a la usanza local de pies a cabeza y volvía orgullosa al local de su familia porque acababa de convencer a un turista de que le comprase un instrumento musical de viento muy bonito. La mamá, cuando la vio llegar, le hizo una caricia. Ella sonrió y respondió: “I love you, mom”.

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