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La ilusión, la realidad

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Sáb, 28-01-2017

Embarco a las 18 en el crucero de lujo Costa Fascinosa, cuyos datos numéricos son impresionantes: capacidad para 3800 pasajeros y 1300 tripulantes, 13 pisos y 300 metros de eslora, que es como la gente del mar llamamos al largo de algo.  

Está amarrado en el puerto de Buenos Aires, así que tengo que llegar primero hasta la Terminal de Cruceros Benito Quinquela Martín, en De los Inmigrantes y Castillo, mitad de la nada. Llego con mi auto y, para sorpresa de la Ley de Murphy que habita en cada uno de mis movimientos, consigo un lugar gratuito para estacionar justo enfrente.

Apenas ingreso me topo con una especie de freeshop triste: un outlet de La Martina, Lacoste y Tommy, una casa de venta de carteras y chucherías sin marca llamada I Love Gifts (por “Love” léase el corazón correspondiente), una alfajorería Succeso sobrecargada de escudos de Boca Juniors… La dársena exterior es una pasarela por la que desfilan los taxis sin descanso. 

De cada uno baja un conjunto de extranjeros, casi todos brasileños, con las manos atiborradas de bolsas y los rostros cargados de una combinación entre el desgaste producido por la excursión que acaban de hacer y el 95% de humedad con que los recibió Buenos Aires. ¿De dónde vendrán? 

Miro el stand de venta de excursiones que tengo justo frente a mis ojos: ¿Acaso de “Tigre y Delta”? ¿O de “Fiesta Gaucha”? Seguramente, no de “Tango Porteño”, porque hacia allí se están dirigiendo los brasileños que salen, todos acicalados más para un bar mitzvá que para una milonga. Un taxista se baja de su vehículo para abrazar a sus recientes pasajeros y despedirse de ellos. No me nace pensar “qué tipo amable”. Mi razonamiento va más hacia un “cómo los debe haber cagado”.

Atravieso un ameno proceso de migraciones y llego hasta el punto en el que hay que subirse a unos ómnibus que llevan “al pie de la nave”, según el decir de todos los expertos circundantes. Los vehículos, como cabría esperar, buses aerodinámicos de súper lujo y última generación. Son colectivos del Grupo Plaza reciclados. Y mal reciclados. En el frente de uno se lee: “141 Villa Albertina Pte. La Noria Pza Italia Pte Pacífico”. En otro: “133 Constitución Barracas Flores”. 

Y quien piense que subirse a uno de estos bondis rompe la ilusión glamorosa del crucero, es porque aún no sabe que para llegar “al pie de la nave”, el 141 todavía debe salir del ámbito portuario y recorrer algunas cuadras por la fealdad que caracteriza esta zona de Retiro. Mi cabeza vuela a cien mil kilómetros por hora: el día que cometa un crimen, pienso, compraré un pasaje en crucero, haré migraciones y, cuando las autoridades estimen que estoy saliendo del país, me bajaré en plena avenida Antártida Argentina y volveré caminando a mi casa. Interpol me buscará por todo el mundo menos en el lugar del que supuestamente me escapé.

Mis vacilaciones se desvanecen cuando reingresamos al puerto. El colectivo se bambolea en un camino completamente manufacturado de baches, junto al río. Vamos atravesando una sucesión de arcos de concreto. 

De repente, la visualización del Costa Fascinosa rompe con la fealdad circundante. “Al pie de la nave” todo parece embellecerse. El viento deja de sofocar y comienza a ser amable y la bocina del barco, con su estridencia de ballena, invita al cerebro a comenzar el viaje. 

Miro hacia atrás y se produce la magia: los viejos colectivos desaparecieron y, en su lugar, se llenó de unos micros blancos impecables. Un joven de seguridad, con pechera naranja y casco azul, rompe el hechizo: se acerca a los choferes y los va echando de a uno. Cuando ya despachó a cuatro, se acerca a alguien de traje que parece ser su superior y le pregunta: “¿Esos micros deberían parar acá?”.

Me sacan una foto y subo. Llego al puente (que es como la gente del mar llamamos a los pisos) 1. El nombre es Irma. Cada puente se denomina como una ópera famosa: Turandot, Rigoletto, Tosca. Me invade el olor a crucero. Me siento acunado por el exceso de alfombras.

Voy directamente al puente 5, el que congrega la diversión. Homenajea a Aída. La sensación es que es posible caminar sin detenerse y llegar en todo momento a otro lugar agradable. El teatro Bel Ami, donde se presentan producciones inglesas y sudafricanas (aunque ahora hay una señora micrófono en mano diciendo números en portugués, cada uno de los cuales representa un grupo de excursionistas), el hall central con sus ascensores panorámicos y su café estilo lobby de hotel, el Grand Bar, que está vacío aunque eso no es impedimento para que una chica con voz de negra cante en vivo Change the world, de Eric Clapton. Un poco más allá, pasando la chocolatería con su correspondiente carrito de helados, un hombre de jean, camisa y guitarra también se prepara para su interpretación en vivo.

Atravieso más bares, más restaurantes, un casino. Ermanno Cima, algo así como un gerente de alimentos y bebidas, tiene voz de locutor italiano. Se esfuerza en hablar en español y se convierte en una imitación hecha por un argentino de Marcello Mastroianni. Me recomienda ir directamente al puente 9, donde está la pileta. No veo por qué no hacer caso.

Salgo del ascensor y me topo con una franja celeste que me franquea el paso. “Fiesta privada”, dice el cartel. Enseguida la descorren y me dan la bienvenida. Me reciben una brisa espectacular y un Aperol, además de algunos bocaditos. Suena Wake me up de Avicii y recién me doy cuenta de que en cada ámbito se escucha una música diferente. Y que, a pesar de los nombres de los puentes, ninguna es operística. Me regalan un sombrero panamá y unos anteojos oscuros. Decido ponerme el primero y perder definitivamente mi individualidad: soy uno más en una masa de personas felices que blanden sus aperoles y sacuden sus sombreros panamá.

Siento la necesidad de husmear entre las habitaciones. Vuelvo al puente 1, a Irma. Recorro los pasillos de camarotes buscando mi puerta: paso por la 1289, 1287, 1281… Todo me parece onírico. Finalmente, encuentro mi puerta: tiene un cartel verde y dice “Exit”. El evento de prensa al que fui invitado llega a su fin para mí y me doy de bruces con la realidad: cuando el Costa Fascinosa zarpe mañana a las 17 horas, yo estaré en mi casa, terminando de escribir este artículo.

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