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Francisco en Buenos Aires

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Vie, 10-07-2015

De todas las asignaciones profesionales que tuve relacionadas con el mundo de los viajes, una de las más exóticas fue la que debí encarar hace unos pocos días: una recorrida por el barrio de Flores, tras los rastros del Papa Francisco. Es decir, debía hacer un tour autoguiado a diez cuadras de distancia de la casa en que nací para ver si el niño Bergoglio, también nacido y criado por allí, había dejado alguna huella interesante.

La primera parada fue en la iglesia Nuestra Señora de la Misericordia, en la avenida Directorio 2138, donde cursó sus primeros estudios religiosos. En la puerta, una bandera con los colores vaticanos y el rostro sobreimpreso del otrora Jorge Bergoglio me dio la pauta de que había anotado bien la dirección. Pregunté a un hombre ubicado en la puerta que había allí de interesante que pudiera remitirme al paso de Francisco por la institución. Se encogió de hombros y dio así por inaugurado la sucesión de frustraciones que resultaría, al cabo, el paseo en su totalidad.

Fui raudamente hacia el auto, di la vuelta manzana y llegué: Membrillar 531, su casa natal. En la puerta, una placa anunciando el hecho. Enfrente, un policía con cara de aburrido: una supuesta atracción turística (incluso, la ciudad de Buenos Aires lo vende como tal en el marco de algo llamado “recorrido papal”) sin turistas. “¿Se puede visitar la casa?”, le pregunté al hombre de la ley, un poco por interés y un poco para hacerle el favor de sacarlo de ese letargo eterno en el que estaba sumido. “¡No!”, me respondió. “¡Si ahí vive gente!”. Entonces me pregunté qué harían los contingentes que llegaban hasta este lugar. Y se ve que lo hice en voz alta (o que el policía era capaz de leer mi mente), porque la respuesta me llegó enseguida: “Nada, llegan, sacan fotos y se van”. 

Cumplí el ritual a la perfección y corrí hacia la esquina con Francisco de Bilbao, donde “el actual Papa jugaba con sus amigos”, según las crónicas optimistas. Se trata de la plazoleta Herminia Brumana. “Era común verlos correr tras la pelota imaginando ser los grandes jugadores que admiraban. Las tardes de Bergoglio transcurrían entre juegos, ídolos y amigos”, indica la página de turismo de la ciudad. Por un fallido idiomático, el breve texto realiza una denuncia muy pesada: el actual Papa era idólatra. Más allá de eso, la plaza no dice absolutamente nada de aquel pasado: tiene un diseño moderno, con juegos enrejados y asientos negros con forma de babosa una vez que ya se le echó la sal asesina. En el suelo, una placa idéntica a la placa de la casa.

Seguí unas cuadras y llegué hasta la escuela Pedro Antonio Cerviño, donde el Papa cursó la primaria. Llegué justo para el horario de salida del mediodía, por lo que el lugar era un hervidero de gritos y niños felices. En la puerta, la tercera placa idéntica, lo que me dio la pauta de que todas habían sido confeccionadas el mismo día. Hablé con una docente de la puerta, que me autorizó a tomar fotos y que, ante la consulta histórica, replicó con exactitud quirúrgica el encogimiento de hombros del muchacho de la iglesia. Asumí que, al tiempo que se confeccionaban las placas, se capacitaba a toda esta gente para que pudiera expresar a los visitantes su desinterés en el tema de manera homogénea.

Dejé para el final la Basílica San José de Flores, su plataforma de lanzamiento en el mundo religioso, como el Estadio Azteca para Diego Maradona o Cemento para Patricio Rey. La iglesia, icónica en el barrio, queda justo enfrente de la plaza, enclavada entre dos pequeños pasajes peatonales, Salala y Pescadores, y limitada hacia el fondo por un tercer pasaje, Gral. Gerónimo Espejo. Ingresé por este último y lo sigo lamentando. En una pared lateral, arte callejero con la imagen papal. En la otra, un olor penetrante, resultado tal vez de la gente que vive en ese rincón, donde el ojo humano parece no llegar nunca. Retomo y vuelvo por el frente. Cruzo a la plaza para tomar una foto un tanto más panorámica. “Eh, amigo… ¿Quiere que le saque una foto? Dele, amigo, yo le saco, yo le saco”. Cuanto más me insistía el muchacho, parado casi respirándome en la nuca, más me resistía yo. “No, dejá, gracias”. 

Crucé y hablé con el guardia de seguridad. No quería obtener ninguna información adicional, sólo corroborar, y lo logré, que si le hacía cualquier pregunta se iba a encoger de hombros.

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