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Entre chanchos

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Vie, 12-05-2017

Pomaire es una localidad mínima que queda a unos 70 kilómetros de Santiago. Es un pueblo encantador y moderno, que se destaca por concentrar la mayor cantidad de alfareros de greda por kilómetro cuadrado de todo Chile. Para quienes no lo saben (yo, antes de ir a Pomaire), la greda es una especie de arcilla.

La bienvenida corre por cuenta de la iglesia, modesta, ubicada justo en donde la ruta se transforma en calles interiores. En la pared lindera, el centro cultural y social local dejó escrita una poesía atribuida a Félix, que refleja el sentir de los lugareños:

En la tierra está

nuestro presente, pasado y futuro

En la greda

nuestra gente, historia y laburo

El pueblo ocupa

lo que la tierra entrega

Y la tierra dio a luz

a la mujer alfarera

Mujer de la greda

madre y alfarera

Las abuelas que sigan

aunque las manos duelan.

Sobre la calle principal, Roberto Bravo, se acomodan decenas de restaurantes y casas de artesanías. El producto característico es un chanchito alcancía. Hecho de greda, como no podía ser de otra forma, que se consiguen a unos 1500 pesos chilenos, es decir, algo menos de tres dólares. Cuencos, cacharros, vasijas, vasos, pocillos, cucharas… El color cobrizo oscuro de la materia prima cocida se traduce en cientos de productos diferentes, todos con un denominador común: los precios accesibles.

Apenas uno estaciona el auto, recibe el asedio de los trapitos y los volanteros de negocios de comidas. Son amables y respetuosos, pero también son demasiados. Cada uno vocifera las bondades de “su” restaurante, independientemente de que el potencial receptor del mensaje esté escuchando o no. Todos tienen alguna oferta imposible de rechazar: o la ensalada gratis o el postre de regalo o el vaso de chicha o las dos ensaladas gratis o los dos postres de regalo o los dos vasos de chicha.

En apenas cien metros, la capacidad de mis manos queda saturada: llevo los afiches de Los Naranjos, Los Secretos de Anita, San Antonio, El Alfarero, Mi Ranchito (“Ganador del premio Guiness”, dice el aviso, por haber construido en 2010 en chancho de greda más grande del mundo), La Greda, San Pedro, Delicias de Mamá Irene, La Casona, El Cototudo…

De los negocios de artesanías, me encantó Bazar de Greda, montado sobre una casa antigua: lo preferí porque se esforzó en mantener mi ilusión de haber viajado cuarenta años hacia atrás en el tiempo. No como Bernardita, que si bien ocupa una propiedad similar, entre sus productos ofrece Torres Eiffel en miniatura y billeteras con la inscripción NYC. O como Santa Pía, cuya marquesina es una pizarra donde el nombre está escrito en tiza (ideal si necesita vender el fondo de comercio), pero que llevó el concepto del chanchito local a una escala global y vende Peppas Pig de greda.

Decido hacer caso omiso a las mil recomendaciones gastronómicas y opto por un modesto picnic en la plaza del pueblo: temo que si voy a un restaurante termine haciendo homenaje al símbolo local y comiendo como un chancho.

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