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El huésped adicional va sin cargo

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Vie, 11-11-2016

El hotel Fairmont Château Laurier de Ottawa, la capital canadiense, fue construido según la visión de un magnate ferroviario británico: Charles Melville Hays. El hombre tenía todo en su cabeza: un diseño que combinaba el estilo propio del renacimiento francés con las líneas verticales neogóticas del vecino Parlamento, la mejor ubicación en la ciudad (al lado de todo: el mencionado Parlamento, el canal Rideau, pionero en su rubro, el By Ward Market, el mercado más animado de la ciudad) y los materiales más nobles que se pudieran conseguir: bloques de granito, mármol italiano, piedra caliza de Indiana, techos de cobre… 

Adentro, cada detalle del edificio sobre el que, a riesgo de sobre adjetivar el artículo, puede decirse que es lujoso, majestuoso y un montón de otras cosas terminada en “oso”, sigue cuidado hasta hoy: alfombras de diferentes motivos en los diferentes pisos, tan mullidas que uno siente que no puede mantener la línea recta cuando camina sobre ellas; mobiliario que incluye cristales de Checoslovaquia y jarrones de Sevrès; pasillos anchos en los que es posible escuchar, con plena nitidez, el silencio.

Evidentemente, Charles Melville Hays era un verdadero visionario. Se le escapó un pequeño detalle que fue, en definitiva, el que le impidió conocer la obra con la que tanto había soñado: planeó la inauguración para el 26 de abril de 1912 y como era un tipo que realmente no se fijaba en gastos, decidió que la mejor opción para hacer la travesía que uniera Londres con el nuevo continente era el Titanic. Apenas doce días antes de la fecha prevista y contradiciendo a Carlos Menem cuando dijo que nadie muere en la víspera, Hays perdió la vida alla Di Caprio. 

Luego de una pequeña demora, el hotel abrió sus puertas, con la presencia de Wilfrid Laurier, séptimo primer ministro de Canadá, el 1º de junio. En el subsuelo, donde está la bellísima piscina que transporta al visitante atrás en el tiempo, a principios del siglo XX, en una pared se exhibe la foto de Hays, encima de una imagen del malogrado transatlántico. 

La historia terminaría aquí de no ser porque a lo largo de estos 104 años, decenas de empleados y de huéspedes aseguran haber visto a Hays caminando por los pasillos de su hotel. Esto último lo leí en el baño de mi habitación, a la una de la madrugada, en una revista con artículos varios sobre la historia de Ottawa, en el preciso instante en que una pequeña baja de tensión atenuó la iluminación (en tren de ser sinceros, puede haber ocurrido que me haya bajado la presión a mí del miedo y que lo de la luz haya sido producto únicamente de mi imaginación).

Soy escéptico, pero no valiente. Así que me dirigí a la recepción a exigir explicaciones y a advertir que, por una cuestión meramente personal, no me gustaba compartir habitación con desconocidos, en especial si llevaban más de un siglo muertos. “Quédese tranquilo”, me alivió el conserje. “En caso de que Hays se le aparezca, no se preocupe, usted tiene un cuarto en el que puede hospedar una persona adicional sin cargo”.

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