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El Edén según Lord Byron

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Vie, 24-04-2015

Con eso, le alcanza para transmitir al viajero la sensación de que acaba de llegar a un lugar único en el mundo, al que el poeta Lord Byron, que tuvo una breve estadía en 1809, comparó con el Edén.

Alguna vez ciudad real portuguesa, los vestigios de esa historia están presentes en cada rincón. El Palacio do Pena, construido en el siglo XVI y hoy en medio del Parque Nacional Sintra-Cascais, es un complejo que abarca otros tres paseos históricos. Nacido como un humilde monasterio para los jerónimos y luego de un largo período de abandono, fue rearmado tal como se lo ve hoy, con su estilo romántico, a partir de las recomendaciones dadas por Fernando II, rey consorte de María II, que quería recuperarlo como residencia.

Fue utilizado por la reina Amelia, la última monarca portuguesa, que pasó allí su noche final en el país antes del exilio, a principios del siglo XX. El palacio, hoy museo, está en la parte más alta de una colina, por lo que para acceder a sus exteriores de azulejos, sus detalles islámicos, su puente levadizo y su miradores hay que atravesar 800 metros muy empinados o tomarse un tranvía que llega hasta la puerta.

Otra joya del Parque Nacional es el Convento dos Capuchos, un retiro religioso que data de 1560. Es posible recorrer sus lúgubres celdas, mínimas, por cuyas puertas apenas se puede pasar. La oscuridad es tal, que el recorrido está señalizado con una tira de luces,  del estilo de las que se usan para los árboles de navidad, apoyada sobre el piso. Los techos, las puertas y los asientos son de corcho.

Dentro del mismo parque está el Castelo dos Mouros, una fortificación morisca que dataría del siglo IX. Quedan ruinas, flanqueadas por una muralla con escaleras cuyo ascenso se hace interminable pero que, ya en la parte más alta, el visitante queda de cara a unas vistas maravillosas, que se pueden disfrutar entre jadeos, mientras se recupera el aire para llegar de nuevo hasta abajo. En las inmediaciones del Castelo se hallaron piezas del siglo X antes de Cristo, tumbas antiguas y los restos de una iglesia del 1100.

El Parque de Monserrate es la última atracción del Sintra-Cascais. Existe desde el siglo XVIII y pasó por diferentes manos, pero fue Francis Cook, un empresario textil que todos consideraban un excéntrico, el que le dio su forma actual y que le imprimió unos cuantos detalles que podrían considerarse new rich, como una cascada artificial que atraviesa el jardín o un falso crómlech, esas estructuras megalíticas propias de la prehistoria, alegando que había sido un hallazgo arqueológico. Fuera de eso, Cook, que se proclamó como Vizconde de Monserrate, contrató al paisajista William Stockdale, al botánico William Nevill y al maestro jardinero James Burt y entre todos construyeron un jardín magnífico, con especies nativas que crecieron de manera espontánea junto con otras traídas de diferentes lugares del mundo. Incluso, Cook exigió que le garantizaran que iban a plantar variedades de los cinco continentes. Para recorrerlo a pie, hay que sumergirse en un trayecto laberíntico, con caminos sinuosos y sorpresas en cada curva. Hoy, los diferentes ejemplares de vegetación están debidamente señalizados, con indicaciones que cuentan de qué especie se trata y cuáles son sus principales características.

Las distancias entre un castillo y otro son importantes, pero se pueden acortar con un automóvil o con un ómnibus que tiene paradas en las cuatro entradas.

El centro de la ciudad es pequeño y acogedor. Pasajes con recovecos, escaleras que suben y que bajan, veredas mínimas desde las que se pueden ver artistas trabajando en sus sótanos, verdes dominando todos los fondos... Así puede describirse el centro de Sintra. En la calle principal, la misma que lleva al Sintra-Cascais, el Hotel Lawrence recibe a los visitantes. Es la restauración de la posada en la que durmió Lord Byron durante su estadía en la villa. Así lo demuestran algunos azulejos recuperados con el nombre del escritor y múltiples retratos del poeta distribuidos en habitaciones y salas comunes. Su restaurante, por otra parte, es uno de los pocos buenos lugares que hay para comer por aquí.

El Museo del Juguete, por caso, alberga la principal colección de entretenimientos infantiles de Portugal: alrededor de 20.000 piezas. Aparentemente, un habitantes de la ciudad de nombre João Arbués Moreira, recibió de regalo a los catorce años los juguetes con los que se habían divertido, generaciones atrás, sus padres y sus abuelos. Desde ese momento, pasó los siguientes cincuenta años guardando todo juguete que llegar a sus manos y recabando información sobre su origen, la historia, el fabricante. Si los museos son una alternativa, el Museu de Arte Moderna tiene una excelente selección de pop-art, con trabajos de Lichtenstein y Pollock, entre otros.

Otro imperdible es el Palacio Nacional, el Paço da Vila do Sintra. No es una estructura única: sus diferentes ambientes fueron construyéndose a lo largo de los años, por lo que no es raro encontrar detalles moriscos, renacentistas, manuelinos y góticos. Aquí es donde se ubican las chimeneas gemelas que luego se visualizarán en todas y en cada una de las postales que se vendan en la villa y algunos de los azulejos de los siglos XV y XVI más bonitos de todos los que pueden verse a lo largo del país, que adornan los patios interiores y la capilla real. Su historia es riquísima y se remonta a la época de la dominación islámica. En el siglo XII, con la conquista de Afonso Henriques, pasó a ser posesión de la corona. Algunas de las restauraciones más importantes fueron llevadas a cabo por João I (en los años 1400) y por Manuel (un siglo después). Está ubicado justo frente a la Plaza de la República.

 “Glorioso paraíso”, definió Lord Byron su encuentro con Sintra. Dos palabras que, en este caso, son suficientes para describirla, al punto que podrían reemplazar cualquier guía de viajes.

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