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Dos opciones para combatir a Murphy en la ruta

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Vie, 02-12-2016

 

Los que recorremos largas travesías en auto conocemos bien el maleficio: a medida que transcurre la mañana, cruzamos decenas de carteles, uno más tentador que el otro. “Parrilla”, “comidas caseras”, “chori al paso”.  Pero ni bien asoma el mediodía y arrecia el hambre, todas las propuestas gastronómicas desaparecen como por arte de magia. 

Existe una única forma de romper este conjuro de los demonios: planificar la hora de salida de tal manera que, cuando sea el momento del almuerzo, estemos en un lugar en el que, sabemos, hay algún restaurante que nos guste (dependiendo de la mala suerte inherente a cada ser humano, aún esto puede fallar y que el lugar elegido, del que se sabe que está abierto los 365 días del año, esté cerrado porque esa mañana falleció el dueño).

Por ejemplo, si uno sale a las 9 de la mañana desde Buenos Aires, recién pasado el mediodía puede estar sentado en Ama Gozua: ubicado justo al lado de la ruta en la localidad de Maipú, a 274 kilómetros de la capital por la ruta 2. Es un local de cemento con el nombre en letras rojas que apenas se ve. Adentro, la pretensión decorativa no va más allá de un piso en damero amarillo y negro, unos manteles ocre que hacen juego y una ventana en la que flamean juntas, como abrazándose, una bandera argentina y una vasca (“flamean” es una forma de decir: están en el interior, donde apenas corre el aire, pero se mueven como si sufrieran una convulsión suave apenas un nuevo comensal abre la puerta para entrar o algún cliente pipón hace lo propio para salir).

Chorizos y morcillas caseras (servidas en un “pack saludable” con dos huevos fritos y papas fritas), lomo de cerdo y ravioles, también caseros, son las especialidades del lugar. Con buena voluntad, se puede comer por la inconcebible suma de 40 pesos (lo que vale el chorizo solo). Y cuando uno cree que va a morir si ingiere un bocado adicional, pasan los mozos en dirección a otras mesas, que también son los dueños, con porciones de queso y dulce que estimulan nuestros más bajos instintos.

En dirección contraria, por la ruta 9 y también saliendo a media mañana, se puede almorzar en el Parador Fighiera. Elisa Lilita Carrió es una figura controversial de la política argentina, que se divide entre quienes la consideran una iluminada y quienes la detestan. En mi caso particular, no puedo negar que tuvo una influencia positiva decisiva en mi vida. Ocurrió el 17 de mayo de 2014 cuando tuiteó: “Ahora en Fighiera los mejores ravioles del Pais. Parador ruta 9 km 260 Sta.Fe”. Desde que vi la foto que acompañaba el texto, las bandejas metálicas que me remitieron de inmediato a mis restaurantes de infancia, el formato de los mentados ravioles, la sonrisa de la líder de Cambiemos y de sus acompañantes, no pude pensar en otra cosa. 

Desde entonces, he pasado unas cuantas veces por allí y siempre sentí la necesidad de corroborarlo. Jamás falló: son realmente deliciosos. El parador es una especie de micromundo: tiene sus habitantes, su clima, sus usos y costumbres y hasta su propia terminal de autobuses en la parte trasera. Para hacer turismo visual sin moverse de al lado del plato. Que, dicho sea de paso, de eso se trata todo esto.

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