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Aroma a ciudad

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

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Vie, 12-06-2015

Grasse, a sólo quince kilómetros de Cannes, la aristocrática ciudad balnearia de la Costa Azul, es conocida como “la capital mundial del perfume” y sindicada como el sitio donde nació la industria de los aromas. Favorecida por un microclima que facilita la plantación de diversos tipos florales (cercanía del mar, cercanía de las montañas, un aire con una pureza inexplicable), fue cuna del enfleurage, una técnica utilizada en perfumería que consiste en poner en contacto las sustancias aromáticas con una grasa especial (precisamente grasse, en francés) que logra apoderarse de su esencia y conservarla que, a su vez, fue lo que hizo que el negocio del perfume explotara durante el siglo XVIII. El Museo de la Perfumería, uno de los orgullos locales, muestra las desventuras y los avances en la materia conseguidos por los expertos de la ciudad a lo largo de la historia.

Si hasta Patrick Süskind, en su novela El perfume (llevada al cine por Tom Tykwer), muestra a Grasse como el paraíso para aquellos cuyo olfato sabe distinguir lo que es bueno de lo que es malo y a su protagonista, un tal Granouille, como un verdadero especialista en aplicar la técnica del enfleurage para capturar la esencia aromática de mujeres, a las que previamente asesinaba.

La ciudad está tapizada de flores y cubierta de aromas. Sus callecitas van y vienen, suben y bajan, por lo que lo mejor es caminar sin un rumbo fijo, perderse, buscar detalles y admirar los balcones (todos, obviamente, llenos de flores). Eso sí, es obligatorio aunque sea entrar unos instantes en la catedral Notre-Dame du Puy y visitar, justo al lado, la Torre del Obispo, construida en el Siglo XII y considerada la construcción más antigua de la localidad.

Hay tres grandes perfumerías. Galimard, fundada en 1747 por Jean de Galimard, un lord local que tenía una profunda amistad nada menos que con Göethe y que llegó a ser proveedor de esencias para la monarquía francesa; Molinard, nacida en 1849, que le vendió agua de colonia nada menos que a la Reina Victoria de Inglaterra en una visita de la soberana a Grasse; y Fragonard, la más nueva, fundada en 1926 (aunque utiliza en realidad las instalaciones de una anterior, que se remonta a 1782).

El turista que llega hasta aquí y que hace el tour “obligatorio” por cualquiera de las tres fábricas se pone contacto con una verdadera experiencia en aromas. Primero, porque, por un lado, en estos establecimientos es posible ver alambiques, máquinas, frascos antiguos y toda la parafernalia que existe alrededor del mundo de los perfumes. Segundo, y fundamental, porque todas ellas proponen como actividad que cada visitante construya su propia eau de toilette. ¿En qué consiste la actividad? Sobre una mesa se acomodan los materiales de trabajo: dieciséis tubos de ensayo que contienen distintas esencias (lavanda, naranja, verbena, entre otras), la misma cantidad de tubos medidores, una hoja con la lista de esencias y una serie de esos cartoncitos que entregan en los shoppings para oler muestras de perfume, precisamente.

Un experto al frente explica de manera somera de qué manera se equilibran los olores que uno tiene delante (cuál es el porcentaje máximo de cada uno que un perfume debe tener para ser aceptable) y, con esas reglas sencillas, los participantes quedan librados a su suerte. Una vez que se hace la mezcla y se le pone un nombre a la fragancia (¿por qué uno va a ser menos que Kenzo o  Dior?), llega la hora de la evaluación, a cargo de una persona llamada “nariz”. Sí: existe una profesión que consiste en ser una “nariz”. Hay expertos que con sólo oler una fragancia pueden determinar sus mínimos matices. “Tiene mucha lavanda”, le dirá a alguien que se excedió con el tubo de ensayo correspondiente. “Es muy cítrico”, aportará a un segundo al que se le patinó el tubo de naranja mientras volcaba su contenido en la mezcla. La capacidad de las narices es sorprendente, dan su veredicto en pocos segundos y difícilmente fallan.

En pocas palabras: Grasse es el destino ideal para que cada uno pueda encontrar su propia esencia.

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