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Los muertos que siguen muertos

Licenciado en Comunicación Social y profesor. Enseña en un colegio secundario, coordina talleres de escritura creativa y colabora en algunas revistas. Participó como autor y antólogo del libro "Cómo ganarle el Mundial a Brasil".

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Mié, 30-11-2016

Ahora me acuerdo, en una ráfaga oscura, que me pasó lo mismo el día del descenso. Ya en las cuadras de caminata hacia el auto me di cuenta que el audio que me ganaba el cerebro iba a rebotar ahí adentro toda la noche o varios días más, y tuve el miedo infantil de que no se apagara nunca:

Volveré, volveré, 

volveré, volveré, 

yo a primera, 

porque te quiero 

dale la B

La música tenía un ritmo que no reconocí de otro lado y la tonada cordobesa que no se pierde ni en el canto colectivo. Fue una de las últimas veces que el Monumental tuvo hinchada visitante, un rincón celeste en el reojo derecho de mi Belgrano alta que repitió esa estrofa hasta generarme un loop interno, el soundtrack corporal de la pesadilla.

El eco que me retumba ahora es un acorde parecido en una frase más corta, que necesitó mucha menos insistencia para entrarme igual:

Ehh,

vamos, vamos Chapé

vamos, vamos Chapéeee

La imagen que lo acompaña es un video que me crucé ayer a las ocho de la mañana, en paralelo a mi llegada a la noticia. Es del vestuario posterior al partido contra San Lorenzo y los jugadores de Chapecoense están festejando el pase a la final. La cámara del celular recorre la sala en desorden, en pasos arbitrarios que subrayan la sensación de estar adentro, como en los #mannequinchallenge, donde el movimiento de la toma viene a probar la quietud del objeto, la habilidad de los que se quedan suspendidos. Pero en éste no hay desafío ni nadie posando. Los jugadores saltan sacándose selfies, revolean las remeras verdes, tiran Gatorade al aire, se mueven: están vivos. Y en cada vuelta del verso suben el volumen de la alegría, haciéndola viajar más lejos, apuntándola más hacia donde estoy ahora, escribiendo para dejar de escucharla.

Pierdo la exactitud contra la pronunciación portuguesa pero el efecto es el mismo que con el hit del descenso y ya no sé, honestamente, si es un reflejo empático y humanista o una tara de mi sistema nervioso, con cierta tendencia al masoquismo y al morbo para las tragedias. Que son distintas en un caso y en el otro, claro, hay que aclarar, como aclaran los periodistas deportivos cuando llaman tragedia a una goleada en un clásico. “Tragedia futbolística”, se corrigen enseguida, en velocidad pavloviana, para que nadie los haga responsables de alguna idea que vaya en contra del imperativo moral supremo de que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, obviando que si el lenguaje en uso debiera explicar sus metáforas sería mejor que ni las usara o que se hiciera cargo de todas. “El equipo tiene que mejorar el ataque”, diría el movilero, y después tendría que subtitular: “El ataque futbolístico, eh, no digo que salgan a jugar con granadas”.

Y el truco se les vuelve en contra en días como hoy, porque la etiqueta de tragedia futbolística para las goleadas y los descensos les restringe los términos impulsivos con que nombrarían lo que pasó con este avión, que terminó de un aterrizaje con un plantel de fútbol: una tragedia… futbolística.

Que es del fútbol, en principio, porque ocupa a esas tantas personas en su función deportiva, pero sobre todo porque vuelve la noticia más noticiable, si eso es posible, en perjuicio post mortem de los otros muertos, un poco menos muertos: pilotos, azafatas y periodistas que quedan al costado, entonces, en nombre de la simplificación que necesitan los zócalos de la televisión y los títulos web. Y que impregna como un virus en la conversación pública hasta arrastrar a nuestro presidente de la nación, que a las dos de la tarde tuiteó que “el fútbol está de duelo”, lo que hizo poner en órbita a su vicepresidente, que decidió hermanarse con el pésame dos horas más tarde expresando que “hoy es un día muy triste para el fútbol”. Ni el duelo es de él ni la tristeza de ella, sino del fútbol. No de las personas involucradas sino del colectivo indeterminado, ese ovillo difuso que forman los dirigentes, los jugadores, los hinchas, los chicos que patean en el campito: el llamado mundo del fútbol, redondo como el planeta, que recibió con un gran abrazo inconsciente la suerte de este avión sin suerte, porque la desgracia vino, como cada tanto, a confirmarle al deporte que el deporte es mucho más que una pelota y unos botines rodándola. Que es, épicamente, como la vida. Lo que implicaría que los que se jodieron no son los que chocaron ni sus familiares sino todos nosotros, que sobrevivimos el día mirando Temperley Morón en TyC Sports.

Fue un día largo de esas reducciones, de ganchos retorcidos, de azares místicos, de gestos sobredimensionados. Todas formas encubiertas de no bancarse la muerte. 

En el tramo durante el almuerzo en que pude sentarme contra la tele y el monitor, vi pasar, aleatoriamente, mil escalones sobre el tema:

A las 13.08, Atlético Nacional le pidió a la Conmebol que declarara campeón de la Copa Sudamericana a Chapecoense.

A las 13.15, todos los equipos brasileros pusieron en su cuenta de Twitter un avatar negro con el escudo de Chapecoense.

A las 13.23 empezó a viralizarse el video de Thiaguinho, uno de los jugadores muertos, que recibía en una carta la noticia de su mujer embarazada. Su felicidad es evidente pero su reacción es difícil de escuchar porque el video venía editado con un piano conmovedor sobre la imagen.

A las 13.30 ya se habían acumulado varios equipos del mundo que antes del entrenamiento hicieron un minuto de silencio. Las fotos más repetidas eran de los planteles de Real Madrid, de Barcelona, de River y de Boca, todos en la misma posición, ocupando el círculo central de la cancha, mirando el pasto con los brazos agarrados atrás.

A las 13.41, el PSG francés le comunicó a la FIFA que le iba a regalar al Chapecoense 40 millones de euros.

A las 13.55, Olé subió un video de otro de los jugadores muertos filmando pavadas antes del despegue y varios lectores se indignaron diciendo que era de otro vuelo, que no podía ser, que iban a capturar la pantalla para seguir mostrándolo cuando lo sacaran de la web. El video sigue ahí y es difícil saber quién tenía razón.

Antes de las 14 se agotaron las camisetas de Chapecoense en la web brasilera de Umbro.

A las 14, Messi dio su pésame a través de Facebook, al mismo tiempo que Maradona, que además se declaró, desde entonces, hincha del equipo brasilero.

A las 14.12, Marcelo Palacios se acomodó en el asiento, puso la cara de circunstancia que pone cuando el tema que están tratando en Estudio Fútbol es un poco más importante que las posiciones adelantadas y se dirigió a Rubén Martinuccio, padre del argentino que sobrevivió por estar lesionado, haciendo una reflexión sobre lo que es el destino. Cuando cortaron el teléfono fueron al móvil de Ezeiza para confirmar la formación de River y Gastón Recondo cerró el bloque con una afeitadora en la mano, preguntado si sabemos que un hombre necesita 170 pasadas para verse bien.

A las 14.21, Racing anunció que el domingo que viene saldrá a la cancha con un escudo de Chapecoense bordado en la camiseta.

A las 14.30, varios clubes argentinos habían imitado la ocurrencia de los brasileros y ya tenían algo negro en sus cuentas oficiales.

A las 14.36, el Ogro Fabbiani dijo que el fútbol es más que un juego e ilustró su idea con la imagen de un chico cabizbajo y vestido de verde en la tribuna de Chapecó.

A la noche retomé el timeline y seguían los guiños: el Cristo Redentor se iluminó de verde, como la Torre Eiffel, la AFA ofreció jugadores de regalo, Tinelli puso al aire un clip emotivo con We are the champions al frente. A esa hora, y todavía, los muertos seguían muertos.

La fatalidad es un juego de palabras pero es la verdad más grande de las horas que pasaron. Que hay 6 heridos en suspenso, que hay 71 personas que existían y ya no existen. Así de contundente es la materia y así de rápido se descompone. Esa es la fuerza de ese video en el vestuario: una escena que vimos mil veces en otros vestuarios pero que nunca iba a ser la última porque siempre iba a haber otra. Y otra. Y otra más. Que ya no hay para los del video, que habrá para nosotros. Hacernos cargo de esa diferencia es lo único que nos queda a los que quedamos de este lado, más cerca o más lejos de los fallecidos, sabiendo que los rituales de la muerte, las misas y las flores, los velorios y los entierros, no son para los muertos sino para los vivos. Que los importantes en una muerte son los que no se mueren.

Y que los gestos replicados tienen vida si sirven a esa conciencia, pero no si calman la ansiedad de resolver algo que no se resuelve nunca. La muerte está ahí y ahí se queda, quieta, ganándonos la tensión cada vez que quiere, pero no como un personaje de cómic. No es una vieja de capa negra y no tiene la cara de Brad Pitt. Es una circunstancia.

Entonces, tanto el futuro padre que se quedó sin futuro como el chico que se olvidó el pasaporte y no subió al avión son signos de que un día se puede no estar más y de que por ahora, por una serie de casualidades, acá estamos. 

Las vidas interrumpidas dejan la estela natural de sus propios legados mínimos, del cariño y el afecto que pierden sus familias al perderlos, una tristeza infinita que no se mide públicamente pero que los medios medirán igual en repeticiones de goles y de atajadas definitivas, salvando desde el día 1 la idea de que los jugadores perdidos son héroes caídos en guerra y convirtiendo en leyenda la casualidad, forzando el aprendizaje como en dibujitos animados. Esquivando, con el relato, la verdad mucha más cruda de que murieron personas y de que hay cosas que no tienen repetición. 

Pero más vale aprender que no hay nada para aprender en una cosa así, y que otra cosa sigue con esto a la rastra. Cuánto tiene que ver la tragedia con cada uno es una decisión de cada uno. Depende de hacer silencio, que no es lo mismo que hacer el gesto de hacer silencio, para escuchar adentro lo que pasó ahí afuera. Yo tengo prendida esa música como un tambor interno, la tentación latente de salir al balcón a revolear mi remera, pero también el cansancio de la frase que empieza de nuevo, las ganas de irme a dormir, de entregarme al paréntesis que es la noche: una interrupción que nos despierta en otro lado.

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