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La distancia y el morbo

Malena Rey
Bioeticista

Especializada en problemáticas de reproducción asistida. Docente de posgrado en la Universidad Isalud. 

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Jue, 10-09-2015

El cuerpo de un niño de tres años ahogado en una playa. Una camarógrafa haciendo tropezar a quienes huyen de la policía. La crisis de los refugiados en Europa nos dejó esta semana con dos imágenes difíciles de olvidar. Ambas ponen de relieve la crisis de los refugiados; ambas, por diferentes motivos, nos llevaron a la indignación. Y ambas fueron replicadas por prácticamente todos los medios y sirvieron para mostrar, otra vez, la fascinación que nos producen las imágenes escabrosas. 

Aunque nos empeñemos en disfrazar de honesta indignación la necesidad de contemplar y compartir las imágenes del horror, esta racionalización no alcanza. Ya sabemos que casi 300.000 refugiados, la mayoría sirios, emigraron a Europa sólo este año, y que más de 2000 murieron en el intento. ¿Por qué, entonces, la necesidad de compartir sin descanso una tragedia ya conocida, sólo porque está retratada en su más cruel desnudez? 

Comencemos por confesarnos sin excusas: lo horroroso seduce, genera un extraño placer, siempre y cuando se lo contemple desde el frío punto de vista del observador. Esta lección no es nueva, y ya la estética del siglo XVIII colocó este tipo de imágenes bajo la etiqueta de lo “sublime”. Edmund Burke, por ejemplo, argumentó que el horror podía brindar un placer estético, siempre que se considerara que la percepción del mismo estaba alejada de quien lo contempla. 

Pero esta respuesta no sería completa, porque ignora otro factor quizás más relevante. La exhibición compulsiva de una imagen escabrosa no es más que la versión edulcorada de la satisfacción de una necesidad profunda: la catarsis. Ya Aristóteles, al analizar la experiencia estética, teorizaba que lo que le sucede al espectador de lo violento o lo prohibido es una manera de extraer del interior un sentimiento perjudicial. Contemplar una tragedia es para el alma, entonces, como la purga que nos ofrece el médico para el cuerpo. Como en el arte, cuando viralizamos una imagen violenta o contemplamos fascinados las miserias ajenas, experimentamos una suerte de desdoblamiento: las imágenes nos convocan y nos conmueven en lo más íntimo, pero a la vez nos recuerdan que no somos aquellos representados. Podemos volver con seguridad a nuestros hogares, apreciando que nuestros seres queridos nunca correrán esa suerte.

Quizás algo así se esconde detrás de las palabras de Peter Bouckaert, el director de emergencias de Human Rights Watch, quien defendió su decisión de difundir la imagen del niño sirio diciendo: "Lo que más me conmovió fueron sus pequeñas zapatillas, ciertamente puestas con amor esa mañana por sus padres mientras lo vestían para su peligroso viaje... Mirando la imagen, no pude evitar imaginar que eran mis propios hijos los que yacían ahogados en la playa".

Y si bien muchos experimentamos el mismo sentimiento al mirar la foto, esta explicación no alcanza: el niño sirio no era nuestro hijo. Era un desconocido por el cual no hicimos nada, a pesar de ya sabíamos sin lugar a dudas que muchísimos niños intentan cruzar el mediterráneo todos los días junto con sus familias. De ser nuestro hijo, o el hijo de alguien cercano, no habríamos compartido sin miramientos su muerte. La exhibición irrespetuosa del cadáver de quien nos es caro es, con buenos motivos, uno de nuestros mayores tabúes. Pero a quienes han sufrido una tragedia lejana no les dejamos ni siquiera el consuelo del pudor. 

La distancia es la clave, pues funciona como barrera protectora que vuelve posible la incorporación del morbo en la mirada cotidiana y, a la vez, nos brinda la ilusión de que no podríamos haber hecho nada para evitar una injusticia. “Esta imagen que me convoca, que me involucra en lo más profundo, sucede lejos”, es la racionalización del voyeur. “Y por lo tanto, no soy responsable por lo que veo”. 

Y sin embargo, lo que debemos reconocer es que sí somos responsables. Porque, como lo demuestra el intento de la camarógrafa por lograr una toma dramática con la que retratar la desesperación de los refugiados, las imágenes en la era de las comunicaciones masivas no son meras experiencias estéticas o emocionales. Son también objetos de consumo. Y resulta francamente ingenuo, incluso hipócrita, pedir respeto o decoro al periodista o al editor cuando nos arrojamos a consumir y compartir las mismas imágenes del horror que le reprochamos por obtener y publicar.

No somos consumidores responsables de información. Basta ver cualquier sección de “Notas más leídas” en un medio cualquiera. Casi sin excepción, todas serán noticias que exploten nuestra preferencia por consumir lo escabroso, lo escandaloso o lo tabú. En la era de las comunicaciones digitales, es nuestro simple clic el que determina qué tipo de información privilegiarán los medios. Mientras continuemos viralizando sin pensar imágenes escabrosas, los medios continuarán lucrando con ellas. Su responsabilidad también debe ser compartida con nosotros, los consumidores. 

Aylan Kurdi, a sus escasos tres años, se convirtió a su pesar en un símbolo de la desesperación de los refugiados. Honrar su muerte y la de todos los que perdieron la vida huyendo de Siria implica reconocerles el elemental derecho al pudor, a no ser un objeto de consumo en primera plana. Para ello, tendremos que aprender a refrenar nuestra atracción por el morbo y a privilegiar las coberturas y los análisis respetuosos, que nos ayuden a comprender lo que está sucediendo y las maneras de ayudar en lugar de explotar nuestra indignación. 

Una manera de hacerlo es contribuir con las organizaciones serias y eficientes que ayudan a quienes deben huir de sus países de origen. Algunas están recibiendo donaciones ahora mismo: por ejemplo, el Comité Internacional de Rescate, la asociación Save the Children y la Agencia de la ONU para los refugiados. Si no podemos escapar de la extraña fascinación que nos produce el retrato de una tragedia, al menos logremos convertir esa indignación en una ayuda concreta para quienes lo necesitan.  

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