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Los soldados hablan corto

Los soldados hablan corto

Silvina Giaganti
Escritora
Estudió filosofía. Juega al fútbol. Escribe. Vive con Poxi.
Los soldados hablan corto
Empecé a trabajar a los 18. Trabajé en academias de dibujo y pintura, trabajé con fotógrafos, vendí ropa en la Bond Street, hice encuestas, cosí carteras, fui secretaria, barrí pisos y cerré y saqué a la calle bolsas de basura. Viví en La Boca, en Constitución y en Monserrat. Viajé. Estudié Filosofía. Volví a escribir. Dejé de comer carne. Le pasé un algodón mojado por los labios a mi tía un día antes de que se muera de cáncer. La sigo extrañando después de 12 años, aunque me dio un cachetazo cuando le dije que me gustaban las mujeres.
Mientras hago tiempo en una cafetería de la terminal saco del bolso la novela gráfica de Alison Bechdel, una historia sobre la escritora, su familia y la relación con su padre. Me quedo pensando en la literatura del yo y en la renuncia epistemológica a narrar más allá de la primera persona. Para cuando parece el mar y el cielo fundidos en infinitas gradaciones de colores estallados, me doy cuenta de que vengo a distanciarme de la intermitencia del amor con Verónica, pero que se me vienen encima todas las vacaciones pasadas acá con mi familia.
Mi mamá tiene el nombre más lindo del mundo porque es seco y corto, una cara de facciones romanas. Tiene la piel tersa y sin arrugas, ojos almendrados y sus manos tienen olor a comida. Un día le pregunté, en la cocina de su casa de Sarandí, cómo había sido mi nacimiento. Me dijo que el médico pensó que estaba muerta porque mi piel era color gris y no lloraba. Me agarró de las dos piernas me puso boca abajo y yo continué silenciosa e inerte hasta que largué el primer aullido de vida luego de la tercera cachetada en la cola.
La primavera es promesa renovada, es la savia inflamando las plantas y el primer verde pegando el batacazo, haciendo saltar la banca. Es el cambio de ropa y la muñeca de cereal retoñada. Es quedarse callejeando hasta tarde y salir a pedalear por la costanera. Es el color fluo. Es el amor que vuelve y se queda un rato más. Es desenterrarse y celebrar haber sobrevivido a un invierno más.

Los perros son como niños eternos, que portan atávicos el gen de la sorpresa permanente. Pueden jugar para siempre el mismo juego sin cansarse, pasear por las mismas calles sin hastiarse, amar de forma constante sin amargarse. Los perros son la plena posibilidad de nunca cansarse de ser feliz con lo mismo.

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