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El viajar es un placer

El viajar es un placer

Walter Duer
Escribo viajando y viajo escribiendo

Nací en Buenos Aires en 1974. Me dedico al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Soy autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros. 

El viajar es un placer

Walter Duer Escribo viajando y viajo escribiendo
Sobre las arenas de la Playa Bristol pasé toda mi infancia. Mis padres no concebían la posibilidad de viajar a ningún lugar que no fuera La Feliz, con lo cual hasta que mis valijas lograron la independencia, Mar del Plata fue mi único destino. No soy partidario del “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero prefiero la Bristol en mis recuerdos color sepia antes que la postal decadente con la que me encontré.
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Los que recorremos largas travesías en auto conocemos bien el maleficio: a medida que transcurre la mañana, cruzamos decenas de carteles, uno más tentador que el otro. “Parrilla”, “comidas caseras”, “chori al paso”. Pero ni bien asoma el mediodía y arrecia el hambre, todas las propuestas gastronómicas desaparecen como por arte de magia.
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El hotel Fairmont Château Laurier de Ottawa, la capital canadiense, fue construido según la visión del magnate ferroviario británico Charles Melville Hays, un visionario al que se le escapó un pequeño detalle: murió en el hundimiento del Titanic y no pudo ver su obra inaugurada. Hoy los empleados y huéspedes aseguran que lo ven caminando por los pasillos de su hotel.
Walter Duer Escribo viajando y viajo escribiendo
El acceso desde la ruta, un paseo parquizado a lo largo de la avenida Alsina que desemboca en la antigua estación de trenes, da la pauta de que algo diferente está por ocurrir. A diferencia de muchas de sus vecinas (entre ellas, la célebre Bolívar), la localidad de Daireaux está cuidada, prolija, querida por sus habitantes.
Walter Duer Escribo viajando y viajo escribiendo
Un bar llamado Blue View auspiciado por la empresa de bebidas Bombay. Una pequeña piscina. Vistas fantásticas del Paseo de Gracia. Mozos alegres y desacartonados. Menú que se presenta en forma de lámpara cúbica ubicada en cada una de las mesas. Es probable que no exista un lugar más cool en todo Barcelona que la terraza del hotel Casa Fuster.
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La situación no podía ser menos propicia para una falla en la palanca de cambios: hacia atrás, una suerte de barrera metálica que parecía morirse de ganas de rayar el auto de alquiler y hacerme pagar una fortuna en euros por el arreglo. Hacia delante, un ascensor en el que el auto apenas cabía. En el medio, yo, semi-presa del pánico.
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Por una cuestión que no viene al caso, estuve acreditado en el Festival de Cine de Venecia. Marco, una especie de amigo local que tiene un taxi acuático, me llevó directamente al embarcadero del Hotel Excelsior, en la isla del Lido, donde se desarrolla la muestra. Ya sobre la arena, un empleado se apresuró a echarme del lugar, ““Disculpe, señor, pero esta es una playa privada”.
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Nos representan tanto como el dulce de leche o el gol de Diego a los ingleses. Los hoteles gigantescos ubicados en sitios soñados que están completamente abandonados son también una pasión argentina. Es cierto que el visitante los ve de a uno y no siempre hila el volumen. Pero los ejemplos abundan.

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