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Leé mejor, mirá diferente

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José Santamarina

Licenciado en Comunicación Social y profesor. Enseña en un colegio secundario, coordina talleres de escritura creativa y colabora en algunas revistas. Participó como autor y antólogo del libro "Cómo ganarle el Mundial a Brasil".

La tragedia de Lamia es del fútbol porque ocupa a personas en su función deportiva, pero sobre todo porque vuelve la noticia más noticiable. Los otros muertos quedan al costado en nombre de la simplificación que necesitan los zócalos de la televisión. Ayer fue un día largo de esas reducciones, de azares místicos, de gestos sobredimensionados. Todas formas encubiertas de no bancarse la muerte.
Empieza, ahora sí, la última oportunidad de ser campeones del mundo. Hoy, mientras Bauza recibe la llave y libera la sonrisa de sus pómulos delatores, es el primer día de dos años leeentos que aplastaremos con otras distracciones, esperando que esta vez termine bien lo que siempre termina mal. Que a la ilusión cargada no la suceda siempre la frustración, lo que era obvio adentro nuestro pero reprimíamos para seguir viviendo. 

Leo siempre me funcionó como un amigo imaginario que dibujaba por mí las ideas que yo ni siquiera tengo. La foto de Messi con la copa, su vuelta triunfal a Ezeiza, no eran objetos del deseo sino de la ansiedad, que es su reverso, porque apura el proceso de conseguir lo que no tiene y después no sabe qué hacer con lo que consigue. El chico desbordado de mocos que le pide a Messi que siga, la maestra que le pide que la ayude a educar, todos pidiéndole. Que no se enoje, que no se rinda. Esa es la tinellización del desorden público: un pedido desesperado al otro de que viva por mí.
Trotando por el pasillo que recorta el escenario, Chris Martin es un organismo desgarbado y arqueado, entregado por momentos a su plasticidad y retrocediendo enseguida, reprimido por su torpeza e incómodo con la bandera argentina que le cuelga del micrófono inalámbrico en forma de demagogia imitada. Todo el tiempo queda claro que no es un superhombre. E igualmente todo este circo le pertenece y el juego de los dioses le funciona a control remoto. Somos, inevitablemente, suyos, y él es, a pesar suyo y como en su canción, su army of one.
Votar es decir lo que querés que sea y se suele considerar el recurso más importante de la democracia, que es una cosa que está muy bien vista acá en la Tierra. En la votación de la AFA participaban 75 personas, que en términos humanos es poco: es un cumpleaños. Cuando contaron los votos les dio 38 a 38 y los señores del conteo se agarraban la cabeza, que es un gesto universal de preocupación. La preocupación estaba en que 38 y 38 no es igual a 75 sino a 76, al menos según aprendimos casi todos en las primeras clases de matemáticas.
A veces me entrego a que el fútbol es mentira y a veces me paro en el sillón. Me digo que no tiene sentido, que los jugadores ya son más chicos que yo, que uno no puede perseguir a los que nacieron después; o no me digo nada y me convence el cuerpo, las vueltas del pecho acelerado, los muslos queriendo las escaleras del Monumental. Después me mando a hacer mis cosas, pero en el tramo corto que me separa del delirio me descubro proyectando el partido y hablándome como se hablan los locos: “Esto es importante. Esto es importante”.
El jueves pasado estaba sentado en un sillón, no hay cámaras pero hay testigos, ansioso porque la noche era difícil pero podía pasar. Alguien encegueció a Ponzio pero yo no fui, porque si fuimos todos no fue nadie. Nos tenemos que convencer de que no fue uno solo, por más tapas de Olé que le hagan a la cara del único agarrado. Falta la aceptación de que el mundo es más complejo. De que dividirlo en buenos y malos, gallinas y bosteros, Osvaldo y Sánchez, no ayuda nada. Y de que las cosas que pasaron no valen lo mismo que las que no pasaron.
El tiempo está hecho de lo que uno quiera. Si uno quiere mirar caras, se puede poner a mirar caras. Caras de viejos, caras de chicos, caras de tensión exagerada y caras cansadas. Así los minutos avanzan. Si uno quiere mirar lo que hay abajo, ahí está River: pasando la pelota de un costado al otro, moviéndose como un ferry bamboleante y cada tanto como una lancha, de punta hacia delante. Así el tiempo pasa más lento pero también pasa. No hay tiempo que no pase.
Juega Aldosivi, el tiburón de Mar del Plata, de donde trajimos tantas veces alfajores Havanna pero nunca fútbol porque qué tenía que ver; el Banfield de Duhalde; el Gimnasia de Cristina; Club Mutual Crucero del Norte, de Garupá, naciente en nuestros ojos; River, mi buen amigo; San Lorenzo, si Marcelo no está distraído con otros juguetes; San Martín de San Juan, del desierto, donde van a morir las pelotas que se patean fuerte y salen desviadas en nuestra infancia.
La lluvia fuerte volvió cuando terminábamos de comer, y en el impacto del segundo trueno se cortó la luz. Fue como un petardo seco, después un vacío de sonido, después la primera paradoja que producen los cortes de luz: una apertura amplia de los ojos, la necesidad de mirarnos las caras. Cuando espié por la ventana, borrosa de lluvia, vi que el barrio entero tenía luz. Dudé, no supe qué pensar, y antes de que cualquier neurona se juntara con otra, mi hermana gritó desde el living: Está entrando agua.

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